Lo que se susurra en las terrazas… yo lo escribo. Con un martini y sin pruebas.

Andorranos, soy Jastro, vuestro nuevo confidente.
Vengo de cubrir patios de vecinos mucho más ruidosos —allí, al sur del Pirineo, se pegan por un trozo de tierra; aquí os pegáis por una mesa con sombra en la terraza, que tiene más mérito—. Al llegar pensé: "qué paz, qué sitio tantranquilo".
Llevaba once minutos en el país. Para el minuto doce ya tenía libreta y medio escándalo. Porque bajo cada croissant de este Principado hay un secreto, y yo, que tengo el olfato fino y el martini frío, he venido a destaparlos todos.
Empezamos suave, que es mi primer día y aún no sé dónde están las salidas de emergencia. Me cuentan que… cierto ministro —no daré nombres, pero cenó fondue el martes y se le ve el queso en la conciencia— intentó desgravarse al cuñado como "pérdida patrimonial recurrente con depreciación anual". La justificación que presentó, palabra por palabra, fue:
"viene a casa, come, opina de fútbol y no aporta nada; es un activo tóxico". Hacienda —la nuestra, la que oficialmente no existe pero igualmente te mira mal— ha abierto expediente, más que nada por la creatividad.
Fuentes del ministerio confirman que el cuñado, al enterarse, ha pedido que conste también como "gasto deducible en cervezas". Negociaciones en curso.
Me llega que… una de esas palomas mensajeras que sobrevuelan el Principado —y que, según ciertos vecinos nerviosos, "lo ven todo"— entregó una ardiente carta de amor en el ministerio equivocado.
El funcionario que la recibió, en lugar de devolverla como manda el protocolo, la leyó dos veces, suspiró, y ha contestado pidiendo una segunda cita. A día de hoy nadie sabe quién escribió la carta, a quién iba dirigida, ni por qué el funcionario ha reservado para dos en el restaurante caro.
Lo que sí sé es que la paloma cobró comisión. Aquí hasta los pájaros tienen gestor.
Salseo de pista: se pasea por las terrazas un señor que presume de forfait VIP vitalicio de Ordino-Arcalís, el carnet más codiciado del valle.
Lo enseña en cada conversación, lo deja "sin querer" encima de la mesa, lo menciona como quien no quiere la cosa. Pequeño detalle que me confirman tres camareros distintos: lo usa exclusivamente para subir en el telesilla, dar tres vueltas panorámicas y bajar directo a la cervecería.
Esquiar, lo que se dice deslizarse cuesta abajo, no ha esquiado desde el invierno de 2019. Pero ojo, que el bronceado en forma de cremallera de anorak no se lo quita nadie, y eso, en Andorra, es prácticamente un título nobiliario.
un turista francés lleva, según el último parte, cuarenta y tres minutos buscando la playa de Andorra. Ha preguntado en una gasolinera, en una quesería y a una señora que paseaba el perro.
Nadie, NADIE, ha tenido el valor de explicarle que estamos a mil metros de altura y rodeados de montañas por los cuatro costados. Es más: fuentes muy cercanas confirman que, aprovechando la confusión, ya le han vendido tres relojes, una raclette "para la arena" y una
crema solar factor 50 "para el sol de la cumbre".
El hombre sigue feliz, buscando olas. En el fondo, ¿quién somos nosotros para quitarle la ilusión y el dinero a la vez?
El hombre más rico del Principado ha presentado su declaración anual: cero ingresos y catorce relojes de oro. Preguntado por la procedencia, ha respondido, muy digno, que son "regalos de gente agradecida".
Catorce. Agradecidísima, la gente. Yo le hice una sola pregunta —¿agradecida por qué, exactamente?— y el hombre, en lugar de responder, me regaló un decimoquinto reloj.
Así que ya somos dos los agradecidos. Yo no insinúo nada, queridos lectores;
yo solo cuento relojes y miro la hora, que ahora la tengo clavada.
el Ejército andorrano —ese cuerpo glorioso que en toda su historia reciente no ha disparado ni un solo tiro y al que, sin embargo, se le destina un presupuesto de superpotencia— realizó sus maniobras anuales el pasado sábado.
El comunicado oficial habla de "despliegue táctico de máxima intensidad". Mis fuentes, que estuvieron allí, hablan más bien de catorce señores, dos perros y un dron que se quedó sin batería a media operación. El arma más ruidosa de toda la jornada fue, sin discusión, el petardo de un cuñado en una comunión que se
celebraba en el valle de al lado.
La amenaza fue neutralizada con un "¡niño, que va a haber un disgusto!". Tranquilidad nacional: intacta. Enemigos: ninguno. Bajas: un flan.
"Aquí no pasa nunca nada, Jastro, te lo digo yo." — un vecino, treinta segundos antes de que pasaran las seis cosas que acabáis de leer, y mientras una paloma le robaba el cruasán de la mano.
Ni confirmo ni desmiento.
Pero tomo nota de absolutamente todo. Y de los relojes, ya ni os cuento.
— Jastro. El Confidencial. Para Andorra Today.