ASCENSIÓN - EL SAGRADO MANDATO DE ANDORRA - RECUERDOS DE VERGONHA

Histerica_the_Ninth10 de julio de 2026entertainment

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Ya no se oyen las aves. Ha enmudecido el bullicio infantil en las calles, el eco del mercado y el pulso latente de la ciudad. El silencio rige ahora como una mortaja pesada y asfixiante; se aferra al pecho y asciende, como garras invisibles, hasta la tráquea, oprimiendo los pulmones con el celo de quien prohíbe la vida misma.

Un crujido violento quiebra la quietud: una ráfaga de viento ha batido de golpe un viejo ventanal de madera. Las calles de Andorra, antaño vibrantes de vida, yacen desiertas; las puertas y ventanas de las solemnes y antiguas casas permanecen selladas, como tumbas de piedra.

https://app.warera.io/user/6834a52677410036463f8d2b detiene la mirada en las marcas de violencia de una fachada marcada con la Cruz de la Trinidad. Por un instante, cree escuchar los alaridos malditos y los desgarradores lamentos de desesperación de aquella familia; pero no es más que una cruel jugarreta de su mente. Sabe bien que en ese hogar ya solo habita la nada, pues ella misma estuvo presente aquel fatídico día... Recuerda que eran una buena familia; aún ve en su memoria a la hija, corriendo alegre a comprar el Andorra Today en el quiosco. Cierra los ojos con fuerza, intentando borrar el recuerdo. Se repite a sí misma que el horror ya ha pasado, y los sollozos se desvanecen en el aire fúnebre. Por ahora.

El escuadrón de seguridad avanza con perfecta disciplina, custodiando a la Regente Absoluta. Tres heraldos en vanguardia, dos flanquean los costados y tres cierran la retaguardia. Todos visten las imponentes armaduras de La Novena Falange, ese nuevo cuerpo militar. Vergoña marcha tras los pasos de la Vicaria Suprema. Observa de reojo a la guardia de su derecha; no recuerda haber oído jamás una sola palabra de sus labios, y mucho menos una risa. Permanecen siempre impertérritas. A veces duda sobre si están vivas realmente, ¿poseen acaso un nombre, un hogar, un fragmento de alma?

Suspira y clava la vista en la espalda de Histérica, quien avanza con un paso firme, regio e implacable. Su mente viaja inevitablemente al día en que se conocieron. Ambas eran jóvenes, desbordantes de una vitalidad que hoy parece de otro mundo. Estaban perdidas, sí, pero los oscuros y tiránicos tiempos de UPLI al fin habían quedado atrás, y aquel escuadrón del terror se había marchado al exilio. España yacía en ruinas, pero un indomable espíritu de esperanza florecía entre la gente. Emergía la hermosa ilusión de reconstruir un país unido, un renacer en armonía que entrelazó sus destinos en aquellas jornadas populares de los Troller Korps.

El tiempo devoraba los años y sus nombres cobraban el peso de la leyenda. Vergoña fue forjando su destreza en el acero y la estrategia militar, mientras su amiga brillaba con luz propia en la esfera social. A Histérica le fascinaba guiar a los recién llegados; combinaba su inquebrantable determinación política con una paciencia infinita para instruir a las nuevas promociones. Los días corrieron implacables, despojándolas de la inocencia de antaño. Ya no eran las dos muchachas descarriadas de los comienzos: ahora encarnaban la veteranía de España, figuras respetadas y temidas. Mientras Vergoña se convertía en el puño del ejército, su amiga dominaba las voluntades en los salones más selectos, bendecida con un don casi místico para cautivar a las masas.

Un trueno colosal desgaja el firmamento, devolviéndola brutalmente al gélido presente. Al alzar la vista, contempla un cielo de plomo, preñado de nubes negras que comienzan a desmoronarse sobre la ciudad en millones de agujas líquidas. Devuelve la mirada hacia la Reverenda Madre, quien, con un sutil e imperceptible movimiento de cabeza, parece acusar el peso de sus ojos sobre ella.

Entonces acude a su mente aquella vieja y sombría conversación. Nonagésimus —su eterna amiga— solía confiarle una pesadilla recurrente que la atormentaba: un nuevo mal se cernía sobre España, una sombra antigua que haría añicos cada logro alcanzado. Vergoña siempre intentaba calmarla. Sabía que las intrigas de las altas esferas, el peso de organizar elecciones, partidos y ejércitos, sumado a la tutoría de los nuevos reclutas, le estaban devorando la vida. Necesitaba un descanso desesperadamente, pero sabía que el corazón de Histérica jamás aprendería a rendirse.

 

La aldea yacía bajo una quietud espectral. No había humo en las chimeneas, ni ganado en los cercados; la población entera se había desvanecido, evaporada en el aire helado como si jamás hubiera existido. Pero el vacío no era sinónimo de paz. Al cruzar el arco de entrada, el lúgubre escenario reveló su secreto: marcas de sangre profanaban el lugar por todos lados. Había salpicaduras violentas ensangrentando los dinteles de las puertas, regueros oscuros que descendían como lágrimas por las escalinatas de piedra y huellas de manos desesperadas impresas en los muros, congeladas en un último y fútil intento de huida. No había cuerpos, solo el rastro de un festín voraz y sistemático.

La pesadilla de la Reverenda Hija se había materializado en una impía realidad.

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