CdE — Prólogo: El mundo antes de la guerra

Mugo17 de junio de 2026politics

PRÓLOGO

El mundo antes de la guerra

He aquí lo necesario antes de entrar en materia


Lo que el lector tendrá ante sí no es la crónica de una guerra convencional. No hay trincheras de barro ni telegramas de condolencias, no hay tratados firmados sobre mesas de mármol ni columnas de refugiados rondando las carreteras. Y sin embargo, lo que ocurrió en los meses que esta obra narra tiene todo lo esencial de un conflicto real: la estrategia y el error, la lealtad y la traición, el agotamiento y la euforia, las decisiones tomadas bajo presión extrema y las consecuencias que nadie había previsto del todo. Para entender por qué, el lector necesita conocer anticipadamente la disposición del mundo en que todo esto sucedió.

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Una distopía con reglas propias


Los hechos que se narran en estas crónicas ocurren dentro de una plataforma distópica de estrategia geopolítica: un entorno virtual en el que especímenes de todo el planeta toman el control de países reales, gestionan sus economías, forman alianzas, declaran guerras y negocian tratados. El tablero de juego es fiel reflejo del mundo tal y como lo conocemos, con sus capitales, sus regiones, sus recursos naturales. Pero las reglas que gobiernan esta realidad son particulares, y entenderlas es condición indispensable para seguir el hilo del relato.

En este mundo, cada cual representa a un ciudadano de su nación. Trabaja, produce bienes, paga impuestos y, cuando llega el momento, combate. Las guerras no se deciden en despachos: se deciden en el campo de batalla, donde cada ciudadano activo aporta su poder de fuego y donde la diferencia entre la victoria y la derrota puede medirse en fracciones de daño acumulado a lo largo de jornadas maratonianas. La economía es tan importante como la fuerza militar: un país que no produce no puede armar a sus ciudadanos, no puede contratar huestes mercenarias, no puede ofrecer un botín de reclutamiento competitivo para atraer aliados cuando la batalla se complica.

España, en esta dimensión, es una nación con una identidad histórica definida por la Casa Habsburgo, su herencia imperial y una cultura de combate que privilegia la cohesión sobre el número. No es el país más grande ni el más poblado, pero posee bonificaciones de combate propias de su linaje que amplifican su capacidad militar cuando las condiciones son las adecuadas. En términos prácticos, esto significa que España puede infligir un daño desproporcionado en relación con su número real de efectivos siempre que sepa elegir cuándo y dónde golpear. Esa asimetría entre cantidad y calidad es la clave de casi todo lo que sucederá en los capítulos que siguen.


El tablero de juego: la Península Ibérica, las Islas Canarias, Baleares y Cabo Verde componen el territorio español en el momento en que comienza esta historia.

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El juego de la guerra digital


Una batalla en este mundo no se libra con un solo golpe. Se estructura en rondas —generalmente tres— cada una de las cuales dura varias horas y se decide por un compendio progresivo de acumulaciones de daño. El bando que al término de cada ronda haya infligido una mayor cantidad de fuego, decanta la balanza a su favor. Quien gana dos rondas, gana la batalla y con ella el control del territorio en disputa.

Dentro de cada ronda, los jugadores activos atacan en turnos de combate que se suceden con cadencia regular. Cada turno es una oportunidad para sumar daño propio o restar ventaja al adversario. En los momentos decisivos —cuando la diferencia entre ambos bandos es mínima y quedan pocos turnos para el cierre— la tensión se vuelve física: cada golpe cuenta, cada segundo de retraso puede costar la ronda.

El equipamiento marca una diferencia sustancial. Un ciudadano con pertrechos de calidad mediocre puede potencialmente infligir una fracción del daño asimilable a la de alguien equipado con pertrechos superiores o míticos. Pero los pertrechos avanzados son caros: requieren semanas de producción económica o una inversión directa de recursos. De ahí que la gestión del equipamiento sea una de las decisiones estratégicas más importantes: emplearlo antes de tiempo agota las reservas; guardarlo demasiado puede hacer que llegues tarde. Esta tensión entre el ahorro y el despliegue recorre toda la historia que se narra en estas páginas.

El territorio, además de su valor productivo, tiene una función estratégica directa: controlar ciertas regiones conecta a un país con sus aliados y con sus propios frentes activos. Perder esa conectividad no solo priva al país de los recursos de la región perdida, sino que impone una penalización sobre su poder de fuego en todos los frentes simultáneos. Perder la capital, en particular, reduce en un veinticinco por ciento la capacidad ofensiva propia. Esta mecánica convierte la defensa de las capitales en una prioridad de primer orden, incluso cuando la situación táctica aconsejaría ceder, y explica muchas de las decisiones que el gobierno de España tomará a lo largo de los capítulos siguientes.

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El lugar de España en un mundo bipolar


En el momento en que comienza esta historia, el mundo está dividido en dos grandes bloques cuyas tensiones llevan meses de gestación. De un lado, la Confederación Internacional para la Producción y el Desarrollo —la ICPD—, agrupa a Alemania, España, Portugal, Rumanía, Serbia, Suecia, Ucrania y Venezuela bajo una visión compartida de resistencia, desarrollo y cooperación mutuas. Del otro, el Eje formado por Argentina, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Lituania, Polonia, Turquía y sus respectivos estados satélite: una coalición construida sobre la lógica de la expansión, dominación y control territorial.

El equilibrio entre ambos bloques no es simétrico. El Eje agrupa a algunas de las naciones con mayor población activa y mayores recursos productivos del mundo virtual. Su capacidad de daño agregado supera con claridad a la del bando confederado. Frente a esa asimetría de fuerza bruta, la Confederación ha construido su estrategia sobre otros fundamentos: la cohesión interna, la coordinación táctica, la capacidad de proyectar daño en frentes múltiples y simultáneos, y el uso inteligente de las bonificaciones propias de cada nación miembro.

España ocupa en este equilibrio un papel singular. No es la nación más poderosa de la Confederación en términos de población —Alemania, con casi mil ciudadanos activos durante el período narrado, ostenta ese título— pero sí es una de las más disciplinadas y versátiles. Su posición geográfica en el extremo occidental de Europa, con acceso al Atlántico a través de Canarias y Cabo Verde, la convierte además en un nodo estratégico de primer orden: quien controle la Península Ibérica controla unilateralmente la conexión entre Europa y las Américas.

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El tablero antes del primer disparo


En los días previos al 11 de marzo de 2026, España controla la totalidad de su territorio: la Península Ibérica con Madrid como capital, las Islas Canarias, las Islas Baleares y adicionalmente el archipiélago de Cabo Verde en el Atlántico. Su economía funciona con plena normalidad, sus unidades militares están organizadas y el gobierno del país mantiene comunicación fluida con los aliados de la Confederación. Es una posición sólida, mas no invulnerable.

Sus aliados más cercanos en el tablero ibérico son Portugal, con quien comparte frontera y coordina operaciones en el Atlántico y norte de África. Más al este, Rumanía sostiene la presencia confederada en los Balcanes. En Centroeuropa, Alemania aglutina la mayor reserva de poder de fuego disponible dentro de la Confederación, aunque su implicación directa en los frentes occidentales es todavía limitada. Al otro extremo del Atlántico, Venezuela actúa como el motor económico de la alianza: sus territorios y sus recursos productivos son el sostén financiero que permite a la Confederación mantener sus operaciones militares simultáneas en diversos frentes.

Frente a esta posición, el Eje ha pasado los meses previos consolidando su presencia en el norte de la península. Estados Unidos acaba de completar la conquista de Galicia, cerrando el noroeste ibérico y privando a España de una región de iure que hasta ese momento actuaba como zona de amortiguación hacia la capital. Argentina opera en el Atlántico sur con la vista puesta en las Islas Canarias. Chile presiona desde América del Sur sobre los aliados venezolanos. Turquía amenaza el flanco oriental de la Confederación desde los Balcanes y el Mar Negro.

El escenario, en vísperas del 11 de marzo, es el de una nación con todos sus recursos intactos pero con el cerco estrechándose desde varios frentes a la vez. La pregunta que el gobierno se hace en esos días no es si el ataque llegará, sino cuándo y desde dónde. La respuesta llegaría con la madrugada.


Tristemente, la dimensión en la que nos encontramos no conoció tiempo aquel en el que la pluma fuese más fuerte y efectiva que la espada.

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El 11 de marzo de 2026, Estados Unidos lanzó su ofensiva sobre Madrid. La capital española llevaba semanas siendo el objetivo más codiciado del Eje adversario. Lo que nadie sabía todavía era que su caída sería el principio, no el fin.