A la opinión pública internacional y a los ciudadanos de la Península Ibérica:
Observo con una profunda y fría decepción el rumbo decadente que ha tomado España en los últimos tiempos. No es una coincidencia. Desde que trasladé mi presencia a Andorra, el territorio español ha caído en un vacío de poder absoluto, quedando a la deriva. Un país no se gobierna solo; se controla. Y ante la ausencia de mi mano en las sombras, España ha demostrado ser incapaz de mantener el orden, permitiendo que la barbarie y el extremismo escalen hasta la cumbre del Estado.
El hecho de que un terrorista haya tomado las riendas del gobierno español no es solo un insulto a la geopolítica, sino el síntoma definitivo de un sistema colapsado. No debe aceptarse que la incompetencia y el caos se sienten en los despachos de la nación.
Andorra mantiene, por herencia e historia, un estatus de relación directa con España. Sin embargo, un lazo de vasallaje solo es respetable si el soberano es digno de tal lealtad.
Es necesaria una intervención contundente para volver a encauzar a España, devolverle la disciplina y extirpar los elementos que la hunden en el caos no solo es una posibilidad real, sino un plan de contingencia. El mensaje es sencillo: quien pueda hacer, que haga. El orden debe ser restaurado a cualquier precio.
Desde Andorra, esperamos la designación y llegada inmediata del nuevo Ministro de Asuntos Exteriores de España. Será recibido en un entorno de estricta seguridad para discutir cara a cara el futuro de la relación entre ambos países, los términos de nuestra soberanía y las nuevas condiciones que Andorra exigirá.
