EPISODIO I — EL FUEGO DE RIVAS
11 de abril de 1856 | Rivas, Nicaragua

I. EL ECO DEL PASADO
El cielo se abrió con un destello azul.
Una figura de armadura verde apareció sobre un camino polvoriento. A lo lejos se escuchaban disparos y las campanas de una ciudad.
—Cortana, informe de situación.
—Nicaragua. 11 de abril de 1856. Estamos en Rivas, Jefe.
—¿Nuestra misión?
—No es una misión. Estamos presenciando la historia. Hoy las tropas costarricenses combatirán a las fuerzas filibusteras de William Walker.
Spartan-117 observó a varias familias huyendo.
—¿Podemos cambiar lo que ocurrirá?
—No sin alterar el futuro.
El soldado se levantó lentamente.
—Entonces no cambiaremos la historia. Pero tampoco ignoraremos a quienes necesitan ayuda.
II. LOS HOMBRES SIN ARMADURA

Las calles comenzaron a llenarse de humo.
Spartan-117 observó a los soldados costarricenses avanzar bajo el fuego enemigo. Llevaban uniformes de tela, fusiles antiguos y una determinación que sus instrumentos no podían medir.
Un joven soldado cayó cerca de una pared.
El Spartan lo ayudó a ponerse a salvo.
—¿Quién es usted? —preguntó el muchacho.
—Alguien que está de paso.
—Entonces váyase. Aquí puede morir.
—¿Tienes miedo, soldado?
—Mucho.
—¿Y por qué sigues aquí?
El joven apretó su fusil.
—Porque si nosotros no defendemos nuestra tierra, ¿quién lo hará?
Spartan-117 guardó silencio.
Había combatido contra enemigos inimaginables.
Pero aquel joven acababa de enseñarle algo sobre el valor.
III. EL FUEGO DE RIVAS

El combate se intensificó alrededor del Mesón de Guerra.
—Jefe —interrumpió Cortana—, los registros históricos mencionan a un joven tambor llamado Juan Santamaría.
—¿Quién es?
—Un soldado costarricense que será recordado por su participación en el incendio del mesón.
Spartan-117 observó el humo elevarse sobre los tejados.
—¿Sobrevivirá?
—La tradición histórica recuerda que murió durante aquella acción.
El soldado bajó lentamente la mirada.
—Cortana, mi armadura puede resistir impactos que destruirían a un hombre.
—Lo sé, Jefe.
—Y aquel muchacho avanzó sin ninguna protección semejante.
—Así es.
—Entonces dime… ¿qué lo hizo tan valiente?
Cortana respondió:
—No fue la ausencia de miedo, Jefe. Fue encontrar algo que amaba más que a su propio miedo.
IV. LOS HÉROES SIN NOMBRE

Al caer la tarde, los disparos comenzaron a cesar.
Spartan-117 caminó entre los edificios dañados.
Había hombres buscando a sus compañeros.
Otros auxiliaban a los heridos.
Y algunos aguardaban noticias de quienes nunca regresarían.
—Cortana, registra sus nombres.
—¿Todos, Jefe?
—Todos los que puedas.
—Muchos jamás aparecerán en los libros de historia.
Spartan-117 contempló a los sobrevivientes.
—Entonces que nunca olvidemos que también existieron.
V. LO QUE PERMANECE

La noche cayó sobre Rivas.
El portal temporal volvió a abrirse.
—Es hora de regresar, Jefe.
Spartan-117 contempló por última vez la ciudad.
—Cortana, ¿recordarán a estos hombres?
—Algunos serán recordados durante generaciones.
—¿Y los demás?
—No puedo asegurarlo.
El soldado permaneció en silencio.
Después pronunció unas últimas palabras:
—La libertad de nuestros pueblos no fue un regalo. Fue defendida por personas que tenían familias, sueños y miedo… pero que encontraron el valor para seguir adelante.
El portal se cerró.
Y en los archivos de Spartan-117 quedó grabada una frase:
«No todos los héroes llevan armadura. Algunos solo llevaron el amor por su tierra».
Spartan-117
Crónicas de Centroamérica