Capítulo I — Reflexiones de https://app.warera.io/user/6a1ce7ad3a931c6d673e964e, vicepresidente de la República de https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8a9 https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8a9https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8a9 «A veces, las batallas más difíciles no se libran contra nuestros enemigos, sino contra aquello que comienza a dividirnos desde dentro».

Buenas noches, estimados ciudadanos de Costa Rica y lectores de WarEra.
Hay noches en las que uno simplemente necesita sentarse, servirse algo de beber y recordar cómo demonios terminó llegando hasta donde está.
Imaginen por un momento que estamos conversando en alguna cantina de La Cali, en San José. Afuera llueve, la música apenas deja escuchar las conversaciones y, sobre la barra, descansan los recuerdos de demasiadas historias.
Bueno, quizás esa sea la mejor manera de comenzar esta crónica.
Para quienes todavía no me conocen, permítanme presentarme.
Soy Arissont, actual vicepresidente de la República de Costa Rica.
Aunque seguramente algunos me recordarán de otra manera.
Fui uno de los primeros ministros de Defensa de nuestro país, durante aquel primer gobierno que surgió después de que lográramos expulsar del poder a quienes habían usurpado nuestras instituciones.
Aquellos fueron días bastante particulares, ¿saben?
Éramos pocos. No contábamos con grandes recursos, ni cientos de ciudadanos, ni todas las estructuras que hoy parecen tan normales.
Había incertidumbre, muchas discusiones y todavía más preguntas sobre qué sería de nuestro pequeño país.
Pero teníamos algo que, en aquel momento, parecía suficiente.
Una razón por la cual luchar.
Y vaya que luchamos.
Desde entonces, he tenido el privilegio de formar parte de distintos gobiernos, acompañar a diferentes administraciones y observar cómo Costa Rica se transformaba ante nuestros propios ojos.
He visto presidentes llegar y marcharse, ministros asumir responsabilidades, congresistas debatir durante horas y ciudadanos que comenzaron siendo completos desconocidos convertirse en figuras importantes de nuestra historia.
También he presenciado acuerdos inesperados, amistades que parecían imposibles y discusiones que, sinceramente, todavía me pregunto cómo comenzaron.
Porque si algo he aprendido durante todo este tiempo es que, detrás de cada bandera, hay personas.
Y donde hay personas, inevitablemente habrá diferencias.
Recuerdo aquellos primeros días, cuando hablar de una Costa Rica libre y organizada era prácticamente hablar de un proyecto que apenas comenzaba a tomar forma.
Con el tiempo llegaron nuevas oportunidades.
Fortalecimos nuestra cooperación con nuestros hermanos centroamericanos:
https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8b8
https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8af
https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8b5
https://app.warera.io/country/6813b6d546e731854c7ac8b2
Juntos construimos una comunidad centroamericana que consiguió trascender nuestras fronteras, mientras nuestra participación dentro de FUDA nos acercó a acontecimientos que jamás habríamos imaginado durante los primeros días de aquella recuperación nacional.
Lo que comenzó como el esfuerzo de unos cuantos jugadores terminó convirtiéndose en una historia compartida por muchas personas.
Y eso, personalmente, me llena de alegría.
Me alegra ver que hoy tenemos un país por el cual luchar.
Me alegra recordar que aquello que alguna vez parecía tan frágil consiguió mantenerse en pie.
Y, sobre todo, me alegra saber que nuestra historia no terminó cuando recuperamos el gobierno.
En realidad, apenas estaba comenzando.
Pero las naciones son curiosas.
Cuando finalmente conseguimos aquello por lo que tanto luchamos, aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos durante los momentos difíciles.
¿Y ahora qué hacemos con todo lo que hemos construido?
Durante las últimas semanas, Costa Rica ha experimentado algo extraordinario.
Han llegado numerosos ciudadanos nuevos.
Nombres que hace apenas unas semanas nadie conocía comenzaron a aparecer en nuestras conversaciones, unidades militares, empresas y actividades cotidianas.
Algunos llegaron por curiosidad. Otros buscando una comunidad. Otros simplemente descubrieron WarEra y decidieron comenzar su aventura bajo nuestra bandera.
Los veteranos comenzaron a explicar mecánicas, compartir consejos, ofrecer oportunidades y ayudar a quienes apenas estaban dando sus primeros pasos.
De pronto, aquel país que alguna vez parecía depender de unos pocos empezó a llenarse de nuevas voces.
Costa Rica estaba creciendo.

Y no voy a negarles que eso me emociona.
Porque uno de los mayores temores de cualquier comunidad es que, tarde o temprano, sus integrantes comiencen a marcharse sin que nadie llegue a ocupar su lugar.
Hoy tenemos la oportunidad de evitarlo.
Sin embargo, existe un pequeño detalle que quizás olvidamos mientras celebrábamos la llegada de tantos compatriotas.
Los nuevos ciudadanos no llegaron únicamente para escuchar nuestra historia. También llegaron para escribir la suya.
Tienen sus propias aspiraciones, sus propias opiniones y maneras diferentes de interpretar el juego.
Algunos buscan prosperidad económica. Otros desean participar en la política. Otros quieren combatir, construir unidades o simplemente formar parte de algo más grande.
Y eso no tiene nada de malo.
Una nación no puede crecer esperando que todos sus ciudadanos piensen exactamente igual.
Pero tampoco podemos ignorar que, cuando tantas perspectivas comienzan a encontrarse, las diferencias que antes parecían pequeñas pueden convertirse en enormes discusiones.
Y ahí comienza la parte de esta historia que más me preocupa.
Quiero detenerme un momento.
No escribo estas palabras como vicepresidente dando un discurso oficial.
Tampoco como aquel antiguo ministro de Defensa que alguna vez tuvo que preocuparse por las amenazas sobre nuestras fronteras.
Hoy simplemente quiero hablarles como Arissont.
Como alguien que lleva bastante tiempo sentado en esta mesa, escuchando conversaciones, compartiendo victorias y presenciando discusiones que muchas veces parecen no tener final.
Porque, siendo sincero, en los últimos días he sentido que algo dentro de Costa Rica se ha roto.
Quizás no todos lo perciban de la misma manera.
No me refiero a nuestras fronteras, nuestros recursos ni nuestra posición dentro de las alianzas internacionales.
Me refiero a algo mucho menos visible.
A nuestra manera de convivir.
He observado cómo pequeñas diferencias terminan convirtiéndose en enfrentamientos personales.
Cómo una opinión sobre el rumbo del país puede provocar discusiones interminables.
Cómo pasamos de debatir ideas a cuestionar las intenciones de quienes las proponen.
Hemos discutido sobre la organización de nuestras instituciones, la participación política, nuestra identidad nacional y hasta la manera en que debemos relacionarnos con nuestros hermanos centroamericanos.
Algunas de esas conversaciones han sido necesarias.
Otras, sin embargo, terminaron convirtiéndose en algo que parecía ir mucho más allá del asunto original.
Y cuando creemos que finalmente hemos superado una diferencia, basta una palabra, una broma o un comentario para que todo comience nuevamente.
Como si hubiéramos sembrado, sin darnos cuenta, la semilla de una disputa sin fin.
Una semilla que crece lentamente, alimentada por el orgullo, los malentendidos y esa extraña necesidad que a veces tenemos de demostrar que nuestra opinión debe prevalecer sobre la de los demás.
No pretendo decir que esto sea responsabilidad de una sola persona.
Tampoco sería justo señalar exclusivamente a quienes llegaron hace poco.
Los veteranos también tenemos nuestros defectos.
Y yo, por supuesto, no estoy libre de ellos.
En ocasiones he preferido guardar silencio cuando quizás debía hablar. En otras, mis propias palabras han formado parte del ruido que hoy intento comprender.
Después de todo, ninguno de nosotros está por encima de los errores.
Pero reconocerlos también forma parte de crecer.
Hay algo curioso que he observado durante estos meses.
Quienes estuvimos presentes durante la recuperación de Costa Rica solemos mirar al pasado para explicar nuestras decisiones.
Recordamos lo que costó recuperar el gobierno, las dificultades de aquellos días y los esfuerzos necesarios para alcanzar la estabilidad que hoy disfrutamos.
Para nosotros, esa historia tiene un enorme significado.
Pero quienes llegaron recientemente no vivieron aquellas experiencias.
No estuvieron en nuestras primeras conversaciones, no presenciaron nuestras antiguas crisis y no necesariamente comprenden por qué algunas decisiones tienen tanto peso para quienes las tomaron.
Y está bien.
No podemos exigirle a alguien que recuerde una historia que nunca tuvo la oportunidad de vivir.
Del mismo modo, tampoco podemos pedirle a quienes estuvieron desde el comienzo que olviden todo lo que construyeron.
El verdadero desafío consiste en encontrar un punto donde ambas experiencias puedan convivir.
Porque el pasado debe ser nuestro fundamento, no nuestra prisión.
Nuestra historia merece ser recordada, pero nuestro futuro también merece ser discutido.
No todas las ideas nuevas son equivocadas.
No todas las tradiciones son obstáculos.
Y no todo desacuerdo representa una amenaza para nuestra nación.
A veces, escuchar una opinión diferente puede enseñarnos más que pasar horas defendiendo la nuestra.
Y entonces llegamos al presente.
Durante estos meses he aprendido que las conversaciones más difíciles no siempre comienzan con grandes declaraciones.
A veces comienzan con una pregunta.
Con alguien que desea hablar, con una opinión que incomoda o con una diferencia que creíamos haber dejado atrás.
Y de pronto nos encontramos nuevamente en medio de una discusión que nadie sabe cómo terminará.

No puedo evitar preguntarme en qué momento comenzamos a interpretar tantas diferencias como enfrentamientos.
¿Cuándo dejamos de intentar comprendernos para comenzar a preocuparnos únicamente por tener la última palabra?
¿En qué momento se volvió tan difícil discutir sobre el futuro de Costa Rica sin terminar cuestionando nuestro pasado?
No tengo todas las respuestas.
Y desconfiaría de cualquiera que asegurara tenerlas.
Pero hay algo de lo que sí estoy convencido.
Una nación puede resistir enemigos externos, superar derrotas y recuperarse de innumerables dificultades. Sin embargo, también puede desgastarse lentamente cuando sus propios ciudadanos dejan de escucharse.
Y sería una verdadera lástima que, después de todo lo que hemos conseguido, termináramos atrapados en conflictos que nosotros mismos alimentamos.
No creo que Costa Rica esté condenada a ese destino.
Tampoco creo que hayamos llegado demasiado lejos como para cambiar de rumbo.
Pero sí creo que hay momentos en los que permanecer indiferente deja de ser una opción.
Y quizás estemos acercándonos a uno de ellos.
Llevo tiempo reflexionando sobre todo esto.
Sobre nuestro pasado, sobre las personas que han formado parte de él y, especialmente, sobre la Costa Rica que estamos dejando a quienes llegaron después de nosotros.
He escuchado muchas opiniones.
Algunas me han hecho reconsiderar ideas que antes consideraba incuestionables. Otras simplemente me han recordado lo difícil que puede ser construir algo cuando cada persona tiene una visión diferente.
Pero entre tantas conversaciones he llegado a una conclusión personal.
No podemos permitir que las disputas interminables se conviertan en nuestra nueva normalidad.
No después de todo lo que hemos vivido.
No después de haber conseguido un país que hoy podemos llamar nuestro.
No pretendo convertir estas reflexiones en una lista de reproches, ni presentar soluciones milagrosas.
Mucho menos espero que todos estén de acuerdo conmigo.
Lo que quiero es que comencemos a hacernos preguntas que quizás hemos evitado durante demasiado tiempo.
¿Qué estamos construyendo realmente?
¿Qué clase de país recibirán los ciudadanos que todavía no han llegado?
¿Y qué recordarán de nosotros cuando los nombres de quienes hoy ocupamos cargos públicos sean apenas una parte de la historia?
Son preguntas sencillas.
Las respuestas, probablemente, no lo sean tanto.
Pero tarde o temprano tendremos que encontrarlas.
Si han llegado hasta aquí, les agradezco haber acompañado estas reflexiones de alguien que probablemente ya ha hablado demasiado.
Quizás debería terminar mi bebida antes de continuar contando historias.
No sé si estas palabras cambiarán la opinión de alguien.
Algunos estarán de acuerdo, otros pensarán que exagero y otros simplemente continuarán con sus actividades habituales.
Y está bien.
No escribí esto esperando unanimidad.
Lo escribí porque, después de tantos gobiernos, tantas experiencias y tantas conversaciones, sentí que había llegado el momento de expresar algo que llevaba tiempo rondando mi cabeza.
Costa Rica ha cambiado muchísimo desde aquellos primeros días.
Y nosotros también hemos cambiado con ella.
Pero hay algo que permanece intacto:
Mi deseo de ver prosperar a este país y de que las futuras generaciones encuentren en él algo por lo que valga la pena quedarse.
Durante mucho tiempo he observado cómo se escribe nuestra historia.
He visto a otros tomar decisiones, enfrentar consecuencias y comenzar nuevos capítulos.
He aprendido de sus aciertos y también de sus errores.
Y ahora, mientras miro hacia el futuro, hay una idea que vuelve una y otra vez a mi cabeza.
Quizás haya llegado el momento de dejar de ser únicamente un espectador de los cambios.

Pero esa será una historia para otro día.
Por ahora, dejemos que la noche siga su curso.
Todavía quedan conversaciones pendientes, preguntas que responder y páginas de nuestra historia que no han sido escritas.
Solo espero que, cuando llegue el momento de escribirlas, recordemos por qué comenzamos esta aventura.
No por demostrar quién tenía la razón.
No por ganar la última discusión.
Sino porque alguna vez fuimos un grupo de desconocidos que decidió luchar por un país al que pudiera llamar suyo.
Y créanme...
Todavía quedan muchas crónicas por contar.
https://app.warera.io/user/6a1ce7ad3a931c6d673e964e
Vicepresidente de la República de Costa Rica 🇨🇷
Crónicas de un caos interior — Capítulo I
«Porque incluso en medio del caos, una nación puede encontrar un nuevo comienzo».