Diario de un camarón. Día 2: Máscaras de sangre y piedad en el bosque

Na7su27 de abril de 2026entertainment

Diario recuperado de las guerras de Warera en las fronteras Venezolanas. Este diario fue traducido del camarón al español.


El humo finalmente se disipó sobre las calles destrozadas. Logramos ganar la batalla de Caracas. Fue un infierno de pinzas, plomo y escombros, pero cuando vimos a la infantería enemiga dar media vuelta y retirarse, un suspiro de alivio colectivo recorrió nuestras filas. Respiramos, sí, pero con el pecho pesado. No hay espacio para la felicidad cuando el agua a tu alrededor sigue teñida de rojo.

Los altos mandos me alejaron de la primera línea. Mi nueva misión era mucho más fría, más silenciosa: adentrarme en el campo de batalla para recolectar las placas de identificación y contar a los caídos. Caminé entre animales y humanos destrozados. Vi tantos rostros marchitos que me esforcé por nublar la vista. En el entrenamiento nos advirtieron que jamás hiciéramos amigos rápido, que algún día esos mismos rostros que sonreían compartiendo raciones, los veríamos sin expresión alguna, mirando al vacío. Tenían razón.

La desesperación por aferrarme a la vida me llevó a romper el protocolo. Me adentré demasiado en los bosques que bordeaban las trincheras enemigas. Buscaba encontrar a algún compañero que aún respirara.

Entonces, lo escuché. Un gemido agónico pidiendo ayuda entre la maleza.

Corrí hacia la voz, arrastrando mis botas de combate sobre el barro. A lo lejos, distinguí el inconfundible uniforme venezolano, la tela manchada de tierra que todos portamos con orgullo. Me acerqué bajando el arma, preparado para asistir a un hermano. Pero... no lo era.

Me di cuenta de la trampa un segundo muy tarde, justo cuando el destello del cañón iluminó la penumbra. El impacto me arrojó hacia atrás; una bala me destrozó el costado del brazo, agrietando mi coraza. Era un traidor. Un hermano venezolano rematando a nuestros heridos.

El pánico se apoderó de mis patas. Me levanté a tropezones y corrí adentrándome en la espesura del bosque, sin rumbo, sin mirar atrás, rogando a todos los santos que mis botas aguantaran el barro y la sangre que resbalaba por mi costado. Solo me detuve cuando el eco de sus disparos fue devorado por el viento. Fue entonces, apoyada contra un árbol, cuando la cruda realidad me golpeó: estaba completamente perdida.

El frío se colaba por la grieta de mi herida y sentí que la esperanza se escurría junto con mi sangre. No tenía forma de detener la hemorragia. Mi visión empezaba a nublarse cuando el crujido de unas ramas rompió el silencio.

Al levantar la vista, el terror me paralizó. Un enemigo estaba frente a mí. Me apuntaba directamente a la cabeza.

No había nadie más alrededor. Cerré los ojos, pensando por última vez en las aguas tranquilas de casa, y acepté que mi final había llegado.

Pero el disparo nunca llegó.

Abrí los ojos con cautela. Frente a mí había un enorme reno colombiano. Sus astas se recortaban contra la luz de la luna. No sé qué vio en mis ojos saltones... si fue lástima, compasión, o si él también estaba tan cansado de la muerte como yo. Lentamente, bajó su fusil. Rebuscó en su chaleco, me lanzó un rollo de vendaje táctico que cayó a mis pies, señaló con su pesada pezuña una dirección hacia el sur, y se marchó fundiéndose con las sombras. Me dejó vivir.

Con las pinzas temblorosas y los dientes apretados, logré hacerme un torniquete improvisado. Siguiendo la ruta que aquel reno me indicó, caminé durante horas hasta que finalmente divisé las luces de nuestro cuartel general.

Rendí mi informe a los comandantes. Les hablé del monstruo con nuestro uniforme que remataba a los moribundos, y les hablé del reno que me perdonó la vida.

Mientras escribo esto, el dolor en mi brazo es insoportable, pero mi mente está clara. Gracias a ese soldado enemigo, sigo respirando. Me he dado cuenta de la ironía más grande de este infierno: si no estuviéramos envueltos en banderas diferentes, si no existiera esta maldita guerra, ese reno y yo podríamos habernos sentado a tomar una cerveza como grandes amigos.

Hoy aprendí que, incluso en el rincón más oscuro del abismo, aún hay criaturas con un corazón puro. Aún hay esperanza.


Mención especial: https://app.warera.io/user/69976f61223253f6ee245c9a

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