Diario recuperado de las guerras de Warera en las fronteras Venezolanas. Este diario fue traducido del camarón al español.
Mi pinza derecha ha empezado a ceder. Ya puedo flexionarla un poco, aunque cada movimiento se siente como si me clavaran agujas oxidadas bajo el caparazón. No está curada, pero al menos en caso de un ataque ya puedo usar un arma.
La madrugada nos regaló un milagro. Las puertas blindadas del cuartel rechinaron y, entre la niebla espesa, vimos emerger a la brigada de combate. Todos volvieron. Todos. Cuando vi a Gustavo, ese inmenso chigüire, cruzar la línea con su estúpida y enorme sonrisa de alivio, sentí que volvía a respirar. En medio de ellos traían al Comandante Naruto. Estaba entero, pero sus ojos estaban hundidos, vacíos, como si hubiera visto el fondo del abismo. Los mantuvieron aislados, torturándolos con el hambre y la oscuridad durante horas. Lo vi devorar su ración temblando. Aún no sabemos qué le dijeron, pero está aquí. La moral del campamento se sostiene de un hilo, pero al menos no se ha roto.
Sin embargo, la radio se ha encargado de recordarnos que el infierno sigue ardiendo allá afuera.
Las noticias de hoy me helaron la sangre. Nicaragua ha sido borrada del mapa. Simplemente... desapareció de los frentes. Escuché la estática entrecortada de sus últimos líderes jurando desde la clandestinidad que retomarán sus tierras, pero el silencio que siguió fue sepulcral. Y luego, el golpe de gracia: Colombia también ha sido exterminado de la faz de la guerra. Juraron volver, como espectros vengativos, pero por ahora, son solo cenizas en un mapa geopolítico que cambia cada hora.
Me doy cuenta de que somos pequeñas piezas en un tablero de monstruos. Para sobrevivir a este frenesí, las alianzas se han vuelto vitales. Hoy abrimos fuego en frentes aliados. Los japoneses se lanzaron como demonios en la primera línea de un territorio hostil, y nosotros, la retaguardia venezolana, los respaldamos escupiendo plomo desde las trincheras para cubrir su avance. Ganamos. El botín por derramar sangre ajena fueron recursos extra. Tres míseras cajas de suministros para cada soldado.
Tres cajas.
Me siento en una caja de municiones vacía y observo el patio central. Veo gente entrar y salir. Veo a los comandantes reasignar roles, tachando nombres de caídos en una pizarra manchada de grasa para reemplazarlos con los rostros jóvenes que llegaron ayer. Los nuevos ocupan las literas de los muertos sin saber que duermen sobre fantasmas.
Y mientras miro mis tres cajas de suministros, un pensamiento oscuro se asienta en mi cabeza. ¿Cuánto puede durar esto? ¿Cuánto tiempo puede el mundo desangrarse de esta manera antes de que no quede nadie para contar la historia? Abro una de las cajas: vendas, munición, raciones desabridas.
Me pregunto, con un nudo en la garganta... ¿realmente vale la pena toda esta matanza por unas cuantas raciones extra? ¿O los comandantes de allá arriba, los que no pisan el barro, nos usan como carne de cañón y los "suministros" son solo la excusa perfecta para mantener encendida la máquina de matar?
He sobrevivido un día más. Tengo comida, tengo a mi escuadrón y mi brazo mejora. Pero siento que con cada bala que disparamos, y con cada país que se borra de la radio, perdemos un pedazo de nuestra alma. Que Dios, si es que alguno existe en este mundo, nos perdone.
