(La Ministra se sitúa tras el atril del Ministerio de Defensa. No hay una sonrisa en su rostro, solo la severidad de quien ha cargado con el peso del Estado durante casi un año. Mira fijamente a las cámaras antes de empezar).
Buenas tardes.
Comparezco hoy ante ustedes no para responder a la última coyuntura geopolítica, ni para desglosar el enésimo presupuesto de nuestras Fuerzas Armadas. Comparezco para anunciar que mi etapa al frente de este Ministerio, y mi viaje en la primera línea de la política activa, ha llegado a su fin.
Han sido dos legislaturas completas en este despacho. Diez meses previos en el Congreso que me bastaron para entender cómo funciona el motor del Estado... y quiénes intentan griparlo. Durante este tiempo, mi vida ha sido este país. Un país que no se define por sus épocas de calma, sino por cómo sobrevive a sus tormentas. Y Dios sabe que hemos navegado tempestades.
Gobernar no es un concurso de popularidad; es un ejercicio de resistencia.
Hemos vivido (y vivimos) crisis institucionales que amenazan con resquebrajar nuestros cimientos. Hemos gestionado quiebras que rozaron el abismo, escisiones que pretendían rompernos desde dentro, e invasiones y amenazas externas que exigieron (y exigen) una respuesta contundente. Una respuesta que yo me encargué de dar. Sin que me temblara el pulso.
Sé perfectamente lo que se dice en los pasillos del Congreso y en los mentideros de la oposición. Sé que me han acusado de gobernar este Ministerio con mano de hierro. Y hoy, mirándoles a los ojos, les digo: tienen toda la razón.
La libertad de la que hoy disfrutan aquellos que me critican se ha defendido en despachos oscuros, en misiones que nunca verán la luz y con decisiones que muchos de ustedes no habrían tenido el estómago de firmar. El orden no surge del caos por arte de magia; el orden se impone. He aplacado la disidencia cuando ponía en riesgo la seguridad nacional, y he blindado al Estado de sus propios enemigos. Si tuviera que volver a tomar cada una de esas decisiones secretas para proteger a España, lo haría mañana mismo... pero el poder no es eterno y ya no puedo garantizar resultados.
El tiempo no perdona, ni siquiera a quienes hemos hecho de la resistencia nuestra bandera. Un segundo traidor se une a las filas opositoras y nuestra mayoría se ha roto.
Estoy cansada. El cuerpo y la mente exigen un descanso que este cargo no permite. Me voy a regañadientes, no lo voy a ocultar. Dejar el timón nunca es fácil para alguien que cree saber exactamente hacia dónde debe navegar el barco. Sin embargo, soy lo suficientemente lúcida para entender que los tiempos cambian y que este país necesita, nos guste o no, savia nueva. Nuevas energías para los nuevos desafíos.
A nuestros militares, a los servicios de inteligencia y a los que custodian nuestra soberanía: gracias por su lealtad inquebrantable. Hemos mantenido la línea.
A quien ocupe este despacho a partir de mañana, solo le daré un consejo: la política es efímera, pero el Estado es permanente. No intente agradar a todos. El poder no se comparte, se ejerce.
Me gustaría haber dejado una España en pie, fuerte y cohesionada, pero los intentos por verla caer han funcionado.
Muchas gracias y buenas tardes.