Desde la muerte de Sr. Cuack, Patovello apenas dormía.
La pluma negra.
La cera verde.
Las nueve marcas.
Había encontrado el mismo patrón en expedientes olvidados durante años.
Y finalmente alguien había aceptado hablar.
Un antiguo funcionario del Mandato.
Una fuente.
Una dirección.
Medianoche.
Patovello guardó la nota en el bolsillo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, decidió no informar a Howard.

El lugar estaba prácticamente abandonado.
Un antiguo edificio administrativo a las afueras de la capital.
Patovello entró solo.
—¿Hola?
Nada.
Avanzó unos metros.
Entonces encontró a su contacto.
Sentado contra una pared.
Muerto.
Patovello dejó de caminar.
En el suelo había una pluma negra.
A pocos centímetros…
cera verde.
Y sobre la pared:
nueve marcas.
—Joder.
Una voz femenina respondió desde la oscuridad.
—Siempre llegáis demasiado tarde.
Patovello se giró.
No vio su rostro.
Solo una figura.
Negro.
Guantes.
Una silueta femenina.
Y una hoja brillante entre sus dedos.
—Supongo que eres tú —dijo Patovello.
—Depende de quién creas que soy.
—La que lleva años dejando cadáveres.
La mujer sonrió.
—Entonces sí.
Y atacó.

Patovello logró esquivar el primer golpe.
El segundo, no.
Cayó contra una mesa.
La mujer avanzó lentamente.
Sin prisa.
Sin miedo.
Como alguien que ya conocía el final.
Patovello intentó incorporarse.
—¿Quién te manda?
Ella levantó el arma.
—Esa es la pregunta que mata a todo el mundo.
Y entonces…
algo atravesó una ventana.
Un golpe seco.
Cristales.
Una capa negra.
La mujer retrocedió.
Sobre una mesa apareció una figura.
Cuackman.
Patovello abrió los ojos.
—No puede ser…
Cuackman no respondió.
La asesina lo observó.
—Así que tú eres el famoso justiciero.
—Y tú hablas demasiado.

LA CAZA
Patonha atacó primero.
Cuackman bloqueó el golpe.
Ella volvió a intentarlo.
Rápida.
Precisa.
Demasiado precisa.
Cuackman recibió una cuchillada superficial en el brazo.
Respondió con un golpe que la lanzó contra una pared.
Patonha sonrió.
—Por fin alguien interesante.
La lucha continuó hasta los tejados.
Saltaron entre edificios.
Cornisas.
Escaleras.
Callejones.
Hasta que Cuackman consiguió atraparla.
Durante unos segundos quedaron frente a frente.
Cuackman tiró de su máscara.
La tela cedió.
Y vio su rostro.
Ella reaccionó inmediatamente.
Un golpe.
Una bomba de humo.
Silencio.
Cuando Cuackman volvió a ver…
había desaparecido.
Solo quedaba una pluma negra.
Patovello apareció detrás de él.
Herido.
—¿La has visto?
Cuackman guardó silencio.
—Sabes quién es.
Nada.
Patovello lo estudió.
La forma de moverse.
La voz.
La altura.
Incluso aquella manera de quedarse callado cuando no quería responder.
Sonrió ligeramente.
—Interesante.
Cuackman desapareció entre los tejados.
Patovello lo siguió con la mirada.
—Muy interesante…

EL MEXIPATO REGRESA
Aquella misma noche, un avión privado aterrizó en el Sagrado CuackMandato.
Sin anuncio oficial.
Sin recepción.
Sin cámaras.
De él bajó Cuackastro.
Camisa blanca.
Bandana mexicana.
Un puro entre los dedos.
Uno de sus hombres lo esperaba junto al vehículo.
—Pensaba que no volvería nunca.
Cuackastro observó las montañas.
—Yo también.
—¿Por qué ahora?
El Mexipato permaneció unos segundos en silencio.
—Han vuelto a aparecer las nueve marcas.
Su acompañante no entendió.
Cuackastro sí.
Demasiado bien.
—Si ella ha empezado otra vez…
Encendió el puro.
—México queda demasiado lejos.

LAS 00:09
A medianoche ocurrió.
Primero se apagó una calle.
Después otra.
El Banco.
TelePato.
El Palacio.
Las viviendas.
Toda la capital quedó completamente a oscuras.
Howard salió de sus aposentos.
—¿Qué demonios está pasando?
CuackUnBoli apareció detrás de él.
Entonces ambos lo vieron.
En el cielo.
Un intenso resplandor verde.
Howard se quedó inmóvil.
Por una fracción de segundo sintió algo.
Una habitación.
Una cama.
Una ventana.
La misma luz.
Y después…
nada.
—Howard.
CuackUnBoli lo miraba.
—¿Estás bien?
Howard tardó en contestar.
—Sí.
Pero estaba mintiendo.

NUEVE SEGUNDOS
De repente, todas las televisiones del Sagrado CuackMandato se encendieron.
TelePato había vuelto.
Pero no había informativo.
No había presentador.
No había música.
Solo un símbolo.
Antiguo.
Negro.
Una figura que nadie parecía reconocer.
La imagen permaneció exactamente nueve segundos.
Y entonces una voz femenina habló.
Distorsionada.
Lenta.
—Este reino nunca fue vuestro.
La señal desapareció.
TelePato volvió a emitir con normalidad.
Como si nada hubiera sucedido.
Silvi La Pata Orriols irrumpió en la sala de control.
—¿Quién ha entrado en la señal?
Nadie respondió.
—¡Quiero saber quién ha hecho eso!
Uno de los técnicos negó lentamente con la cabeza.
—Directora…
—¿Qué?
—Según el sistema…
tragó saliva.
—La emisión nunca se interrumpió.
Silvi miró las pantallas.
Por primera vez desde que había ocupado aquel despacho…
no tenía ninguna respuesta.

EL CONSEJO
Howard convocó al Consejo aquella misma madrugada.
Pato_Primer quería desplegar al ejército.
Supato pedía calma.
Patovello tenía el rostro golpeado y evitaba explicar dónde había estado.
Pato V permanecía extrañamente tranquilo.
Howard los observó.
—Alguien acaba de entrar en nuestra televisión, apagar nuestra capital y amenazarme en mi propio reino.
Silencio.
—Y tengo la extraña sensación de que todos sabéis más que yo.
Patovello miró a Pato V.
Pato V sostuvo su mirada.
Demasiado tiempo.
Howard golpeó la mesa.
—¡Estoy hablando!
Las puertas de la sala se abrieron.
Los guardias intentaron detener al recién llegado.
No pudieron.
Una voz conocida resonó por toda la sala.
—Sigues teniendo muy poca paciencia.
Howard levantó la mirada.
Cuackastro estaba allí.
El Mexipato había vuelto.
—Pensaba que estabas exiliado —dijo Howard.
—Lo estoy.
—Entonces ¿qué coño haces en mi Palacio?
Cuackastro observó a todos los presentes.
Después miró directamente a Howard.
—Necesitaba comprobar una cosa.
—¿Qué cosa?
Cuackastro se acercó.
—Cuánto recuerdas.
Howard frunció el ceño.
—¿Recordar qué?
Y entonces…
Cuackastro dejó de sonreír.
Porque acababa de confirmar su peor sospecha.
Howard no estaba fingiendo.
No recordaba nada.

ELLA
Muy lejos del Palacio…
Patonha entró en una habitación oscura.
Tenía el rostro golpeado.
Dejó su máscara rota sobre una mesa.
Una mujer esperaba de espaldas.
Cabello largo.
Una vela verde iluminaba parcialmente la habitación.
—Fallé —dijo Patohna.
La mujer no respondió.
—Patovello sigue vivo.
—Patovello no me preocupa.
Patonha levantó la mirada.
La mujer dejó sobre la mesa una fotografía tomada durante el enfrentamiento.
Una figura negra.
Capa.
Máscara.
Dos ojos blancos entre las sombras.
Cuackman.
—Este sí.
Patonha observó la imagen.
—¿Quién es?
Silencio.
La mujer acercó lentamente la fotografía a la vela.
—No lo sé.
Patonha frunció el ceño.
Era la primera vez que escuchaba aquellas palabras salir de su boca.
—¿No estaba previsto?
La mujer giró ligeramente la cabeza.
Por primera vez podía percibirse cierta inquietud en su voz.
—No estaba en la historia.
Patonha volvió a mirar la fotografía.
—Entonces lo elimino.
—No.
La respuesta fue inmediata.
La mujer retiró la fotografía de la llama.
—Quiero saber quién es.
—¿Y después?
La mujer sonrió.
—Primero quiero entender cómo ha conseguido existir.
La vela comenzó a arder con un intenso color verde.
—Tráemelo vivo.
Patonha asintió.
Y desapareció entre las sombras.
La mujer permaneció sola.
Mirando fijamente aquella figura que nunca debería haber existido.
Por primera vez desde que nació el DuckVerse…
Histérica había encontrado algo que ella no había creado.
