
Cuando tenía nueve años, mi abuelo me prohibió mirar por la ventana de mi habitación después de las tres de la madrugada.

Nunca me explicó por qué.
Solo me dijo:
—Si alguna vez ves a un hombre quieto en la calle... y está de espaldas... cierra las cortinas. Da igual quién parezca ser.
Pensé que era una de esas historias para que los niños no se levantaran por la noche.
Pasaron veinte años.
Una madrugada me despertó un golpe seco.
Miré el reloj.
03:08.

Me acerqué a la ventana casi por inercia.
La calle estaba completamente vacía.
Excepto por un hombre.
Estaba justo bajo la farola.
Completamente inmóvil.
De espaldas.
No hacía nada.
No fumaba.
No miraba el móvil.
Ni siquiera parecía respirar.

Entonces recordé las palabras de mi abuelo.
Cerré las cortinas.
Intenté volver a dormir.
A la mañana siguiente seguía allí.
Exactamente en la misma postura.
Los vecinos pasaban junto a él como si no existiera.
Pregunté en el bar de la esquina.
Nadie sabía de quién hablaba.
Esa noche volvió.
Y la siguiente.
Y la otra.
Siempre inmóvil.
Siempre de espaldas.
Una semana después cometí el error que mi abuelo intentó evitar.
Esperé junto a la ventana.
Quería ver cuándo se marchaba.
A las 03:17 ocurrió.
Sin mover el cuerpo...
La cabeza empezó a girar lentamente.
No ochenta grados.
No ciento ochenta.
Siguió girando.
Hasta completar una vuelta entera.
Cuando terminó...
Sonrió.
No podía verle la boca.
Pero supe que estaba sonriendo.

Después habló.
Muy despacio.
Lo escuché con la ventana cerrada.
Con una voz que parecía salir de mi propia habitación.
—Por fin me has mirado el tiempo suficiente.
Las luces de la calle se apagaron.
Solo durante un segundo.
Cuando volvieron...
Ya no estaba abajo.

Escuché un crujido detrás de mí.
Como alguien apoyando todo su peso sobre la madera del suelo.
No me giré.
Recordé otra cosa que mi abuelo decía.
"Si algún día deja de estar en la calle... ya no mires dentro de la casa."