El pasajero que nunca bajaba Historia N°2

DaRkKiNg12 de julio de 2026entertainment

Conducía el último autobús de la noche. Era una ruta aburrida: cuatro pueblos, una carretera sin farolas y, casi siempre, ningún pasajero.

La empresa tenía una norma extraña.

Si alguien sube en la parada del kilómetro 19, no le hables. No le mires por el retrovisor. Limítate a conducir.

Pensé que era una broma para los nuevos.

Hasta que ocurrió.

A las 2:46 de la madrugada vi una figura esperando bajo la lluvia.

Subió despacio.

Pagó con una moneda antigua, completamente negra.

No levanté la vista.

Solo escuché sus pasos hasta el fondo del autobús.

Seguí conduciendo.

Cinco minutos después, una voz muy cerca de mi oído susurró:

—¿Por qué no quieres mirarme?

Se me heló la sangre.

El retrovisor seguía mostrando el asiento del fondo... vacío.

La voz estaba detrás de mí.

No respondí.

El autobús empezó a llenarse de un olor insoportable, como tierra mojada mezclada con carne podrida.

Las luces parpadearon.

El motor perdió fuerza.

Y entonces comenzaron a sonar los timbres de parada.

Uno.

Dos.

Tres.

Diez.

Veinte.

Todos a la vez.

Cada vez que sonaban, veía por el rabillo del ojo una nueva silueta sentada.

Cuando reuní el valor para mirar de frente, el parabrisas estaba cubierto de manos apoyadas desde el exterior.

No había nadie en la carretera.

Las manos estaban por dentro del cristal.

Frené de golpe.

Las puertas se abrieron solas.

Todos los timbres dejaron de sonar.

El autobús volvió a quedar vacío.

O eso creí.

Al terminar el turno entregué las llaves.

El encargado me preguntó:

—¿Lo has mirado?

Negué con la cabeza.

Respiró aliviado.

—Entonces volverás mañana.

No entendí la frase hasta que vi el tablón de empleados.

Había una fotografía antigua del año 1984.

El conductor sonreía junto a su autobús.

Reconocí su cara al instante.

Era yo.

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