
El jabalí se adelanta hacia el centro del claro, rompiendo la maleza a su paso con la fuerza de un astado. Se detiene en seco, clava las pezuñas en el barro y levanta la cabeza, dejando ver unos colmillos imponentes cubiertos de saliva. Lanza un salvaje y ensordecedor gruñido que hace volar a los pájaros de los árboles vecinos.
—¡Miradme bien! ¡Contemplad la auténtica fuerza de la dehesa! Soy un jabalí de pura cepa, nacido de la tierra brava, criado entre la maleza y templado por el frío de la noche española. No he venido aquí a pedir permiso. ¡He venido a presentarme y a dejar claro quién manda en este monte!
Sin el menor decoro, la bestia se lanza sobre un montón de raíces y frutos caídos en el suelo, devorándolos a dentelladas limpias. Mastica con la boca abierta, haciendo un ruido espantoso mientras los jugos le chorrean por la jeta peluda. Entre bocado y bocado, suelta ruidos guturales de pura satisfacción.
—Dicen de mí que como como un cerdo, que bebo como un cerdo y que hago ruidos de cerdo. ¡Y tienen toda la maldita razón! No hay finura en mí, solo instinto puro. Pero que nadie confunda mi apetito con debilidad. Todo este vigor, toda esta furia española, está al servicio de una causa sagrada... y de un castigo implacable.
El jabalí deja de masticar de golpe. Su postura se vuelve rígida, sus ojos se entornan y una quietud pesada, casi asfixiante, cae sobre el lugar. Su voz desciende a un tono ronco, oscuro y ceremonial que hiela la sangre.
—Porque aquellos que han osado traicionar o dañar a mi España... esos malditos enemigos de nuestra tierra, no tendrán compasión. Yo mismo me encargaré de cazarlos. Sus almas arderán y sufrirán en el rincón más profundo, retorcido y agónico del mismísimo infierno. Sentirán el fuego eterno y el filo de mi colmillo por toda la eternidad. No quedará de ellos ni el recuerdo.
El animal baja la cabeza en una reverencia ciega y sectaria, emitiendo un ronroneo vibrante y tenebroso en el pecho, rindiendo culto a su oscura deidad.
—Mi brazo es ejecutor, pero mi guía es La Dama. Ella, la que gobierna la umbría más negra, la que exige devoción en el silencio de la noche y acepta los sacrificios que se hunden en el fango. Ella me ha bendecido para purgar este suelo.
El jabalí pega un fuerte pisotón que salpica barro a los presentes, lanzando un último resoplido húmedo y desafiante mientras clava su mirada fija en los espectadores.
—Este soy yo. Sangre, barro, colmillo y devoción. España será respetada, o el infierno se llenará con los gritos de sus enemigos.