
La lluvia nos acompañó durante casi todo el camino. Carlos decía que era buena señal, la lluvia borraba las huellas. Yo pensaba justo lo contrario, las convertía en barro y el barro siempre acaba pegándose a las botas del hombre equivocado.
Ninguno habló demasiado durante el ascenso. El sendero se estrechaba conforme ganábamos altura, a nuestra derecha, el precipicio, a la izquierda, la montaña y delante... un desfile constante de carros.
Siempre en la misma dirección, siempre con la misma cadencia como un reloj. Carlos no anotaba nada, simplemente contaba. Yo hacía justo lo contrario, no contaba, observaba.
El fuerte apareció poco antes del mediodía, no era especialmente grande. Aquello me desconcertó desde el primer momento, esperaba encontrar una fortaleza capaz de albergar un ejército, en su lugar encontré una guarnición perfectamente corriente.
Las banderas negras de la Novena Falange ondeaban sobre las almenas. Todo parecía exactamente lo que uno esperaba encontrar. Y esa normalidad... empezó a parecerme demasiado perfecta.
Nos permitieron entrar sin demasiadas preguntas, Un oficial nos acompañó durante toda la visita, sonreía demasiado, respondía demasiado deprisa y, curiosamente...
no respondía absolutamente nada. Mientras él hablaba, yo dejé de escucharle, empecé a mirar.
Los soldados patrullaban, los herreros golpeaban el acero, todo funcionaba, todo era impecable y, sin embargo, había algo profundamente incómodo en aquel lugar, no conseguía ponerle nombre. Solo cuando abandonamos el fuerte empecé a entenderlo, descendíamos por el mismo camino por el que habían subido los convoyes.
Había estado en demasiados lugares como para no reconocer ciertas cosas. Los edificios terminan pareciéndose a quienes los habitan, siempre, una fortaleza donde viven soldados acaba teniendo ropa tendida entre dos ventanas. botas secándose al sol, un cocinero gritando, alguien discutiendo. Siempre hay pequeños errores, pequeños restos de vida, me detuve en mitad del camino.
Carlos dio dos pasos más antes de darse cuenta.
—¿Qué ocurre?
Miré una última vez hacia las murallas.
—No había vida.
Frunció el ceño.
—Había soldados por todas partes.
Negué lentamente.
—No me refiero a eso.
Busqué las palabras.
—No parecían personas viviendo allí, parecían personas trabajando allí.
Carlos permaneció en silencio.
- Todo estaba demasiado limpio, demasiado ordenado, demasiado preparado para ser observado, como una oficina, no como un hogar.
El viento sopló entre las montañas, Carlos permaneció inmóvil durante unos segundos, después sacó su cuaderno, pasó varias páginas, volvió a hacer un cálculo y sonrió por primera vez desde que empezó el viaje.
No era una sonrisa de satisfacción, era la sonrisa de un hombre al que acaban de demostrar que estaba haciéndose la pregunta equivocada.
—Claro...
cerró lentamente la libreta.
—Yo llevaba semanas intentando averiguar qué almacenaban aquí.
Levantó la vista hacia el fuerte.
—Y tú acabas de demostrarme que quizá nunca almacenaron nada.
No entendí inmediatamente, Carlos señaló el camino, después los convoyes, luego las murallas:
—Los recursos llegan, pero el fuerte no los consume. No al ritmo que indican las cuentas.
Seguí su mirada, entonces lo vi, no el fuerte, su posición. Controlaba el único paso natural entre dos cadenas montañosas, nadie podía atravesar aquel valle sin pasar frente a sus puertas, sentí un escalofrío, no porque hubiera descubierto una conspiración, Sino porque acababa de comprender, el fuerte no estaba diseñado para proteger algo, ni siquiera para esconderlo, estaba diseñado para controlar quién entraba y quién salía.
Aquella noche escribí poco, muy poco:
Expediente III
Hipótesis inicial: el fuerte almacena recursos militares.
Estado: descartada.
Cerré la libreta, el problema nunca había sido el fuerte. El problema era el camino, porque, si Carlos tenía razón, aquellos convoyes no terminaban su viaje entre aquellos muros, solo hacían una parada y, por primera vez desde que esta historia comenzó, tuve la inquietante sensación de que alguien había construido toda una fortaleza únicamente para ocultar el verdadero destino de aquello que transportaban.