"Hay ciudades donde el silencio significa paz. En Andorra significaba que alguien había ganado."

Nunca me gustó caminar bajo la lluvia.
La lluvia obliga a la gente a mirar al suelo, y un periodista vive de observar las caras. Aquella mañana no importaba. No había nadie.
Las calles estaban vacías. Las persianas cerradas. Los balcones parecían abandonados desde hacía años. Solo el viento se entretenía empujando algún cartel medio arrancado que anunciaba una feria celebrada meses atrás, cuando todavía la gente tenía motivos para salir de casa.
Dicen que uno termina acostumbrándose a cualquier cosa. Mentira. Uno solo aprende a fingir que ya no le duele.
Me llamo Jastro. Trabajo para Andorra Today.
Al menos eso seguía poniendo en la cabecera del periódico. Porque hacía semanas que no escribíamos noticias. Solo comunicados. La diferencia es sencilla. Las noticias intentan descubrir qué ha ocurrido.
Los comunicados intentan convencerte de que nunca ocurrió otra cosa. Levanté el cuello del abrigo mientras cruzaba la Plaza Mayor. Habían retirado la estatua del antiguo consejo. En su lugar se levantaba una enorme cruz de hierro negro. Todavía olía a piedra recién cortada. El escultor había trabajado rápido. O llevaba tiempo esperando el encargo.
Un grupo de soldados vigilaba la plaza. Ninguno hablaba. Todos llevaban la misma armadura. La Novena Falange. Hacía un mes nadie había oído ese nombre. Ahora estaban en todas partes.
Uno de ellos me observó mientras pasaba. No hizo falta que dijera nada. Ya sabía quién era. Los periodistas siempre acabamos siendo fáciles de reconocer. Somos los únicos que seguimos mirando donde nadie quiere mirar. Seguí caminando.
Intentaba recordar cuándo había sido la última vez que escuché reír a un niño.
No pude.
Entonces comprendí que aquello era lo verdaderamente peligroso. No el ejército. No las detenciones.
El peligro era que mi memoria empezaba a olvidar cómo había sido Andorra antes de todo aquello. Y cuando un país olvida su pasado... cualquier mentira puede convertirse en historia.
Fue entonces cuando vi al mendigo. Sentado junto a la fuente. La barba sucia. La ropa hecha jirones. Las manos temblando alrededor de un cuenco vacío. Podría haber seguido caminando. Todo el mundo lo hacía. Pero hubo algo que me detuvo. No fue su cara. Fue su forma de mirar.
Aquellos ojos no pertenecían a un hombre derrotado. Pertenecían a alguien que seguía esperando. Me acerqué. Saqué una moneda. La dejé caer dentro del cuenco. El sonido del metal rompió el silencio de la plaza. El anciano levantó lentamente la cabeza. Y entonces reconocí aquellos ojos. Sentí un frío mucho más intenso que el de la lluvia.
- ¿Señor Olivello?
El viejo sonrió. No era una sonrisa alegre. Era la sonrisa de alguien que lleva demasiado tiempo esperando que otra persona haga la pregunta correcta.
Continuará...