Las crónicas de un cocodrilo (Cap 5) - El juicio de Mavila

Green-Scorpion19 de septiembre de 2026entertainment

Capítulo 5 — Mavilato Doomsday

La guerra no comenzó con una batalla.

Comenzó con personas que dejaron de obedecer.

Al principio fueron cosas pequeñas. Un pueblo que se negó a retirar una cruz protestante de su plaza. Una comunidad indígena que decidió seguir celebrando sus ceremonias a pesar de las órdenes del gobierno. Un grupo de obreros que escondió a un hombre despedido por declararse ateo. Una parroquia católica que abrió sus puertas para recibir a familias que habían perdido sus casas, sin preguntar primero qué religión profesaban.

Después vinieron las detenciones.

Luego los soldados.

Y finalmente los muertos.

Para cuando la noticia de que varias comunidades habían tomado las armas llegó hasta nosotros, México Católico ya llevaba meses acostumbrándose a vivir con miedo.

Yo había pasado mucho tiempo intentando convencerme de que aquello podía corregirse sin una guerra. Había querido creer que Mavila comprendería lo que estaba haciendo, que alguien dentro de su gobierno tendría el valor de decirle que una cosa era gobernar un país y otra muy distinta pretender gobernar la conciencia de millones de personas.

Pero cada nueva orden demostraba lo contrario.

Mavila no quería que México creyera en Dios.

Quería decidir cómo debía creer.

Y cuando alguien se atrevía a decirle que eso no le correspondía, respondía siempre de la misma manera.

—Solo Dios puede juzgarme.

Aquella frase terminó apareciendo en periódicos, discursos y carteles oficiales. Para sus seguidores era una muestra de humildad. Para nosotros era exactamente lo contrario.

Había algo profundamente peligroso en un hombre que hablaba de Dios mientras empezaba a comportarse como si hubiera recibido sus poderes directamente del cielo.


La rebelión comenzó a crecer.

No fue organizada de la manera elegante en que se cuentan las revoluciones después de que han terminado. No hubo una gran sala llena de generales señalando mapas y diciendo dónde debía comenzar todo. Hubo campesinos escondiendo armas debajo de costales de maíz, sacerdotes católicos llevando medicinas a familias protestantes, jóvenes que conocían los caminos de las montañas mejor que cualquier soldado y comunidades enteras que decidieron que ya no permitirían que los hombres de Mavila entraran a sus casas.

Y, poco a poco, comenzamos a ganar.

Primero recuperamos un pequeño pueblo.

Después otro.

Luego una población más grande, donde los soldados de Mavila abandonaron el cuartel durante la madrugada y huyeron antes de que llegáramos.

Aquello nos sorprendió tanto que durante unos minutos nadie supo qué hacer.

Témoc fue el primero en entrar.

Caminó hasta la plaza, miró el edificio gubernamental y arrancó de la puerta un decreto de Mavila que llevaba semanas pegado allí.

Lo leyó en silencio.

Luego lo hizo pedazos.

—¿Eso era todo? —preguntó Mateo.

Témoc se encogió de hombros.

—Parece que sí.

Mateo tomó uno de los pedazos de papel.

—Después de todo el discurso que daban, esperaba algo más impresionante.

Licho soltó una carcajada.

—Tal vez el papel era la parte más peligrosa.

Hasta yo me reí.

Habíamos pasado demasiado tiempo rodeados de miedo como para desperdiciar un momento así.

Durante algunas semanas la rebelión avanzó.

La gente volvía a abrir las iglesias. Los mercados comenzaban a funcionar. Algunas familias regresaban a sus casas. En ciertos pueblos las autoridades impuestas por Mavila eran reemplazadas por juntas locales que intentaban mantener el orden mientras se decidía qué hacer con el país.

Y había algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

Esperanza.

Una noche, mientras descansábamos en una casa abandonada, Mateo estaba sentado junto a una ventana leyendo un periódico viejo. Témoc y Licho discutían sobre quién había cargado más cajas durante el día. Kuskofer revisaba un mapa sobre una mesa.

Yo observaba una pequeña lámpara de aceite.

Por primera vez desde que había comenzado todo aquello, pensé que quizá podíamos ganar.

Quizá México podía salir de aquello sin convertirse nuevamente en un país donde unos cuantos decidieran qué podían creer los demás.

Quizá esta vez sí lo lograríamos.

Kuskofer levantó la mirada.

—¿Qué estás pensando?

—Que estamos ganando.

—Eso es evidente.

—No. Me refiero a que... quizá de verdad estamos ganando.

Kuskofer sonrió ligeramente.

—No te emociones demasiado.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que un hombre dice eso en medio de una guerra, la guerra suele encontrar una manera de recordarle que todavía existe.

Licho, que había estado escuchando desde el otro lado de la habitación, levantó una ceja.

—Qué optimista.

—Soy historiador —respondió Kuskofer—. No me pagan para ser optimista.

Mateo cerró el periódico.

—¿Y quién te paga?

Kuskofer lo miró.

—Esa es una excelente pregunta.

Nos reímos.

Incluso Témoc.

Aquella noche dormimos pensando que al día siguiente seguiríamos avanzando.

No sabíamos que Mavila ya había decidido detenernos.


El contraataque comenzó tres días después.

Llegó acompañado de artillería.

Los primeros proyectiles cayeron sobre una comunidad que acabábamos de recuperar. Las casas de adobe no resistieron. Los hombres que estaban reconstruyendo una escuela tuvieron que abandonar las herramientas y correr hacia las afueras.

Cuando llegamos, encontramos las calles cubiertas de polvo.

Mavila había dejado de intentar convencer al país.

Ahora quería recuperarlo por la fuerza.

Su ejército avanzó hacia nosotros durante los días siguientes. No era un ejército improvisado. Tenía soldados entrenados, artillería, caballería y hombres convencidos de que estaban defendiendo el orden.

Nosotros teníamos comunidades enteras detrás.

Y teníamos algo que ellos no tenían.

No queríamos conquistar México.

Queríamos recuperarlo.

La batalla decisiva se preparó en las afueras de una ciudad que había sido tomada por los hombres de Mavila dos días antes. El terreno era irregular: una parte de la ciudad estaba construida alrededor de una antigua estación ferroviaria, mientras que hacia el norte se levantaban pequeñas colinas cubiertas de matorrales.

Paupau llegó aquella mañana.

No llegó con uniforme militar ni con un discurso.

Llegó con trenes.

Decenas de vagones comenzaron a detenerse uno detrás de otro. De ellos salieron cajas de municiones, sacos de harina, medicinas, ropa, herramientas y alimentos.

Mateo se quedó mirando.

—¿Todo eso es nuestro?

Paupau se acomodó la ropa con absoluta tranquilidad.

—Por supuesto.

—¿Cuánto te costó?

Paupau lo miró.

—No hagas preguntas que puedan arruinarme el desayuno.

Horas después, nos sentamos a comer alrededor de una mesa improvisada.

Había más comida de la que habíamos visto junta en semanas. Carne, frijoles, tortillas, pan, frutas, café. Paupau había conseguido alimentar a cientos de hombres antes de la batalla.

Licho miró su plato.

—Esto es demasiado.

—Come —dijo Paupau.

—No puedo.

—Entonces come despacio.

Témoc ya llevaba varios minutos comiendo.

—Yo sí puedo.

Paupau sonrió.

—Eso me tranquiliza.

Mateo observó al grupo en silencio. Después miró a Paupau.

—¿Por qué haces todo esto?

Paupau dejó los cubiertos.

—Porque no quiero que México vuelva a ser lo que era antes de la Revolución. Quiero que tenga la oportunidad de convertirse en algo mejor.

Nadie respondió inmediatamente.

Mateo bajó la mirada.

—Yo no creo en Dios.

—Lo sé.

—Y aun así me ayudas.

—¿Necesitas permiso para no creer?

Mateo negó con la cabeza.

Paupau miró entonces a K. Rool.

—Tú tampoco deberías necesitar permiso para creer diferente.

Yo sonreí.

—Gracias.

Paupau levantó una mano.

—Agradécele a Dios. Yo solamente pagué la cuenta.

Mateo soltó una risa.

—No sé si Dios acepta transferencias bancarias.

—Si acepta oraciones —dije—, quizá también.

Aquella fue la última comida tranquila que tuvimos.


La batalla comenzó antes del amanecer.

Durante las primeras horas avanzamos.

Las posiciones de Mavila cedieron una después de otra. Témoc conocía los caminos entre las colinas y nos llevó por una ruta que permitió rodear una batería de artillería. Licho fue el primero en llegar hasta ella.

No atacaba como un soldado disciplinado.

Atacaba como alguien que había pasado toda su vida aprendiendo a moverse en terrenos donde un error podía costarle la vida.

Saltó una zanja, pasó por debajo de un caballo y derribó al artillero antes de que pudiera girarse.

—¡Témoc! —gritó.

Témoc llegó detrás de él.

Entre ambos inutilizaron los cañones.

Desde una colina vi a los soldados de Mavila retroceder.

—¡Funcionó! —grité.

Kuskofer levantó su rifle.

—¡Todavía no cantes victoria!

—¡Déjame disfrutar cinco minutos!

—¡Te doy dos!

Pero aquella vez los dos minutos se convirtieron en veinte.

Y después en una hora.

Avanzamos.

La ciudad volvió a abrir sus puertas.

Los soldados de Mavila comenzaron a retirarse hacia el centro.

Por un instante parecía que la guerra podía terminar allí.

Entonces escuchamos un estruendo.

No era artillería.

Era un tren.

Una locomotora apareció detrás de las posiciones enemigas.

Sobre ella ondeaba la bandera de México Católico.

Kuskofer miró el tren y después el mapa.

Su expresión cambió.

—Nos rodearon.


La retirada se convirtió en una persecución.

Nos vimos obligados a retroceder hacia una antigua estación ferroviaria mientras las tropas de Mavila cerraban los accesos por ambos lados.

Yo corría junto a Témoc y Licho.

Mateo venía detrás.

Kuskofer disparaba desde una esquina cada vez que algún soldado intentaba acercarse demasiado.

Y entonces ocurrió algo que no habíamos visto en años.

Una figura apareció entre el humo.

Primero vimos la silueta.

Después la máscara.

Después el rifle.

Salsita salió caminando del humo como si hubiera estado esperando allí desde hacía una hora.

Me quedé inmóvil.

Témoc también.

Licho abrió los ojos.

Mateo directamente dejó caer su arma.

Kuskofer se quedó mirando.

Salsita levantó una mano.

—¿Qué?

No pude evitar sonreír.

—Estás vivo.

—Hasta donde sé.

Kuskofer bajó lentamente el rifle.

—¿Dónde demonios estabas?

Salsita señaló hacia el campo de batalla.

—Me llegó un mensaje.

—¿De quién?

Salsita se encogió de hombros.

—De Paupau.

Miré hacia el fondo.

El humo cubría las vías.

—¿Y qué decía?

Salsita acomodó el rifle.

—Que México necesitaba ayuda.

Hubo un silencio breve.

Entonces Témoc sonrió.

—Pues llegaste tarde.

—No.

Salsita miró a los soldados que avanzaban hacia nosotros.

—Llegué justo a tiempo.

Y abrió fuego.


Con Salsita volvimos a abrirnos paso.

La diferencia fue inmediata.

No porque fuera invencible, sino porque sabía exactamente cuándo avanzar y cuándo obligarnos a esperar.

Kuskofer disparaba desde las ventanas de la estación.

Témoc y Licho cubrían los pasillos.

Yo mantenía la entrada principal.

Salsita se movía entre todos nosotros como si conociera la posición de cada enemigo antes de verlo.

Durante unos minutos funcionó.

Luego los soldados dejaron de atacar directamente.

Mavila había aprendido.

Mandó cerrar las puertas laterales y prender fuego a los almacenes para obligarnos a salir.

Kuskofer observó el humo.

—Nos está empujando.

Salsita asintió.

—Quiere que vayamos hacia el patio.

—¿Por qué?

Salsita miró hacia el exterior.

—Porque allí está él.

Mavila apareció entre sus soldados.

Vestía el uniforme de su gobierno y llevaba una espada en la mano.

No gritó.

No necesitaba hacerlo.

Los hombres a su alrededor se apartaron.

—Green-Scorpion.

Sentí que el cuerpo se me tensaba.

—Mavila.

—Has causado suficientes problemas.

—Tú los causaste.

Mavila sonrió.

—Eso es lo que siempre dicen los hombres que pierden.

Kuskofer se colocó a mi lado.

—Todavía no hemos perdido.

Mavila lo miró.

—Tú.

Kuskofer cargó su arma.

—Yo.

El enfrentamiento comenzó.

No fue una pelea limpia.

Nunca lo fue.

Mavila tenía soldados alrededor, pero Salsita se encargó de mantenerlos alejados mientras nosotros cinco avanzábamos sobre él.

Témoc atacó primero.

Mavila bloqueó el golpe y giró para golpearlo con el codo. Témoc retrocedió apenas a tiempo.

Licho entró por el lado contrario.

Su cuchillo buscó el costado de Mavila, pero este alcanzó a desviarlo con la espada.

Kuskofer disparó.

Mavila se agachó.

La bala pasó sobre su hombro.

Yo avancé.

Nuestras armas chocaron.

El impacto me hizo retroceder.

Mavila tenía fuerza, pero lo que realmente lo hacía peligroso era que no desperdiciaba movimientos. Cada vez que uno de nosotros atacaba, él utilizaba ese ataque para responder contra otro.

Témoc volvió a entrar.

Mavila lo golpeó en las costillas.

Licho aprovechó la apertura y consiguió cortarle el brazo.

Mavila retrocedió.

La sangre comenzó a bajar por su manga.

Por primera vez, pareció sorprendido.

Salsita disparó.

Mavila se tiró al suelo.

La bala alcanzó a uno de sus hombres.

—¡Maldita sea! —gritó Mavila.

Salsita volvió a apuntar.

—No te muevas.

Mavila arrojó una piedra contra el arma.

Salsita disparó al mismo tiempo.

El tiro rozó el costado de Mavila.

La pelea volvió a convertirse en un caos.

Témoc consiguió sujetarlo por detrás.

Licho intentó desarmarlo.

Yo golpeé la espada de Mavila.

Kuskofer buscó una posición para disparar.

Durante unos segundos, éramos cinco contra uno.

Y estábamos ganando.

Entonces Mavila hizo algo que ninguno de nosotros esperaba.

Dejó caer su espada.

Témoc creyó que se había rendido.

Lo soltó.

Mavila se agachó y recogió un sable que había quedado en el suelo.

Su movimiento fue tan rápido que apenas alcancé a verlo.

El sable atravesó a Licho.


Licho quedó inmóvil.

Témoc tardó un segundo en comprender lo que había sucedido.

—Licho...

El cuerpo de Licho cayó sobre él.

Témoc lo sostuvo.

—¡Licho!

Mavila intentó retirar el sable.

Témoc lo empujó con tanta fuerza que lo hizo retroceder varios pasos.

—¡No!

Licho respiraba con dificultad.

Témoc cayó de rodillas junto a él.

—Hermano...

Licho intentó hablar.

No pudo.

Témoc lo sostuvo con ambas manos.

Las palabras comenzaron a salirle en náhuatl, rápidas, quebradas, como si de pronto el español ya no le alcanzara para decir lo que sentía.

—No, no... quédate conmigo.

Licho abrió los ojos.

Miró a Témoc.

Por un instante sonrió.

Era una sonrisa pequeña, casi tranquila.

Después dejó de respirar.

Témoc se quedó abrazándolo.

Yo no podía apartar la mirada.

Kuskofer me sujetó del hombro.

—Tenemos que seguir.

Témoc levantó la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Entonces sigamos.

Se puso de pie.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi en él una rabia que no necesitaba palabras.

Éramos cuatro.


Kuskofer y Salsita tomaron el frente.

Mavila estaba herido, pero todavía tenía fuerza suficiente para luchar.

Salsita atacó con el cuchillo.

Mavila esquivó y respondió con el sable.

Kuskofer disparó desde una distancia corta.

Mavila giró.

La bala le atravesó el hombro.

—¡Ahora! —gritó Kuskofer.

Salsita aprovechó.

Lo golpeó en la mandíbula.

Mavila cayó.

Témoc se lanzó sobre él.

Los dos rodaron por el suelo.

Yo corrí hacia ellos.

Mavila consiguió levantarse y volvió a tomar el sable.

Kuskofer levantó su revólver.

—Se acabó.

Mavila miró el arma.

Después miró a Kuskofer.

Sonrió.

Sacó otro revólver de su cinturón.

El disparo sonó antes de que pudiéramos reaccionar.

Kuskofer cayó hacia atrás.

—¡Kuskofer!

Corrí hacia él.

Tenía sangre en la frente.

Seguía respirando.

Pero sus ojos ya no enfocaban correctamente.

Salsita se arrodilló junto a él.

—Kuskofer.

Kuskofer lo miró.

—¿Nos conocemos?

Salsita quedó inmóvil.

—Sí.

Kuskofer frunció el ceño.

—No recuerdo.

Salsita apretó los dientes.

Mavila intentó levantarse.

Témoc lo golpeó antes de que pudiera hacerlo.

—¡Tú!

Yo me puse delante de Mavila.

—Se acabó.

Él levantó la mirada.

—Todavía no.


Kuskofer sobrevivió.

Pero algo dentro de él había cambiado.

Podía hablar.

Podía caminar.

Podía entender dónde estaba.

Pero los nombres comenzaban a desaparecer de su memoria.

Las caras conocidas se convertían en extraños.

Las historias que había pasado toda su vida estudiando se mezclaban unas con otras.

Y nosotros todavía no sabíamos cuánto había perdido.

No tuvimos tiempo de averiguarlo.

Mavila volvió a atacarnos.

Témoc estaba herido.

Salsita tenía varios cortes.

Yo había recibido uno en el brazo y otro en el costado.

Aun así, seguíamos de pie.

Mavila levantó su espada.

—Dios escribe recto con renglones torcidos.

Lo miré.

—Eso no significa que Dios justifique lo que haces.

—No puedes juzgarme.

—No te estoy juzgando.

Levanté mi espada.

—Te estoy deteniendo.

El duelo comenzó.

Esta vez no había soldados.

No había discursos.

No había banderas.

Solo dos hombres intentando acabar con el otro.

Mavila atacaba con movimientos amplios, intentando aprovechar su fuerza.

Yo respondía con golpes más cortos.

Una espada chocó contra la otra.

Retrocedí.

Volvió a atacar.

Bloqueé.

Sentí el impacto recorrerme todo el brazo.

Mavila consiguió cortarme el hombro.

Yo respondí con un golpe que abrió una herida en su rostro.

Retrocedió.

Respiraba con dificultad.

Yo también.

Seguimos.

Cada golpe comenzaba a costar más.

Mis piernas temblaban.

El brazo que sostenía la espada comenzaba a perder fuerza.

Mavila se dio cuenta.

Sonrió.

—Ya no puedes.

—Todavía puedo.

Atacó.

Bloqueé.

Atacó otra vez.

Esquivé.

Intenté responder.

La espada se me cayó de la mano.

Mavila levantó la suya.

Pensé que había terminado.

Pero alguien se interpuso.

Salsita.


Salsita dejó caer su rifle.

Sacó un cuchillo.

Mavila también.

Los dos se quedaron frente a frente.

—Tú —dijo Mavila.

—Yo.

—¿Qué quieres?

Salsita avanzó.

—Que dejes de matar gente.

Mavila atacó.

El primer golpe alcanzó a Salsita en el pecho, pero la ropa amortiguó parte de la hoja.

Salsita respondió con un golpe directo a la mandíbula.

Mavila cayó de rodillas.

Volvió a levantarse.

Atacó otra vez.

Esta vez Salsita alcanzó a sujetarle la muñeca.

Los dos forcejearon.

Mavila era más fuerte de lo que parecía.

Consiguió derribar a Salsita.

El cuchillo cayó al suelo.

Mavila se lanzó sobre él.

Salsita levantó la pierna y lo hizo rodar.

Se puso de pie.

Mavila también.

Los dos estaban agotados.

Ya no luchaban como soldados.

Luchaban como dos hombres que habían llegado al final de todo lo que tenían.

Mavila lanzó un golpe.

Salsita lo esquivó.

Respondió con otro.

Mavila cayó contra una pared.

Salsita tomó el cuchillo.

Mavila se levantó.

Salsita lo desarmó.

Después lo golpeó una vez.

Otra.

Y otra.

Finalmente lo derribó.

Mavila quedó tendido en el suelo.

Salsita colocó el cuchillo contra su garganta.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Mavila respiraba con dificultad.

—Hazlo —murmuró.

Salsita lo miró.

—No.

—¿Por qué?

Salsita bajó lentamente el cuchillo.

—Porque si te mato, esto termina como tú querías.

Mavila frunció el ceño.

—Dios escribe recto con renglones torcidos.

Salsita negó con la cabeza.

—No uses a Dios para justificar tus frutos.

Mavila guardó silencio.

Salsita continuó:

—Por los frutos se conoce el árbol.

Miró a su alrededor.

Las casas destruidas.

Los heridos.

Licho.

Kuskofer.

Mateo.

—Y el tuyo ya está podrido.

Salsita guardó el cuchillo.

—No voy a podarte. Voy a dejar que respondas por lo que hiciste.


Pensé que la batalla había terminado.

Me equivoqué.

Uno de los últimos hombres de Mavila apareció entre las ruinas.

No lo vimos hasta que estuvo demasiado cerca.

Levantó su arma.

Mateo lo vio primero.

Se lanzó sobre mí.

El disparo sonó.

Mateo cayó.

Lo sostuve antes de que golpeara el suelo.

—Mateo.

Me miró.

Intentó respirar.

—Creo... creo que ya entendí.

—No hables.

—No. Déjame...

Tosió.

—Toda mi vida pensé que creer era tener respuestas.

Lo miré.

—No tienes que tenerlas todas.

—Eso me lo dijiste tú.

Sonrió débilmente.

—Y Kuskofer también.

Miró hacia donde estaba el historiador herido.

Después hacia Témoc.

—Y Témoc nunca intentó convencerme de nada.

Témoc se acercó.

Mateo respiró con dificultad.

—Supongo que eso fue lo que más me hizo pensar.

Me arrodillé junto a él.

—¿En qué?

Mateo cerró los ojos.

—En Cristo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Mateo...

Abrió los ojos nuevamente.

—¿Tú crees que...?

No terminó la pregunta.

—¿Que el Señor me recibiría?

Le tomé la mano.

—Sí.

—¿Aunque llegué tan tarde?

—No llegaste tarde.

Mateo respiró lentamente.

—¿De verdad?

—De verdad.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Miró al cielo.

Y entonces susurró:

—Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen.

Su mano perdió fuerza.

Su último aliento salió lentamente.

Mateo murió en mis brazos.

Y esta vez nadie hizo ningún comentario.

Ni siquiera Salsita.


La guerra terminó poco después.

Mavila fue entregado a las autoridades.

Fue juzgado por sus crímenes y condenado a cadena perpetua.

No murió como un mártir.

No tuvo una última multitud que lo aclamara.

No consiguió convertir su derrota en una leyenda.

Terminó encerrado, lejos del poder que durante tanto tiempo había confundido con autoridad divina.

Témoc enterró a Licho.

Kuskofer sobrevivió, aunque durante los meses siguientes descubrimos que su memoria había quedado profundamente dañada. Algunas cosas permanecían intactas. Otras desaparecían para siempre. En ocasiones me miraba y sabía que yo era importante, pero no recordaba por qué.

Salsita permaneció junto a nosotros.

Paupau continuó ayudando a reconstruir el país.

Y México comenzó, lentamente, a levantarse.

Una tarde regresé a aquella pequeña iglesia protestante donde había rezado meses antes.

La cruz seguía allí.

Vacía.

Me arrodillé.

No pedí que Mavila fuera castigado.

No pedí que nuestros enemigos fueran destruidos.

Solo agradecí que, después de todo aquello, todavía hubiera personas capaces de ayudarse unas a otras sin preguntar primero qué creían.

Pensé en Mateo.

En Licho.

En Kuskofer.

En Témoc.

En Salsita.

En Paupau.

Y pensé también en Mavila.

Durante mucho tiempo había hablado como si Dios necesitara que él ocupara Su lugar para gobernar las conciencias de los hombres.

Pero Dios no necesitó que ninguno de nosotros ocupara su lugar para juzgarlo.

Mavila había confundido la fe con el poder, y el poder con el derecho de decidir sobre la vida de los demás.

Aquello había destruido su gobierno.

Y también había destruido a muchos de los que estuvimos allí para verlo caer.

Salí de la iglesia al atardecer.

México todavía estaba herido.

Pero seguía de pie.

Y después de todo lo que habíamos perdido para conseguirlo, finalmente pude decirlo:

El Mavilato había terminado.