Las crónicas de un cocodrilo - Capítulo 2

Green-Scorpion15 de septiembre de 2026entertainment

El precio de la Constitución

México, 1913-1914

Había aprendido que los gobiernos no caían de un día para otro.

Primero aparecían los rumores.

Después, los periódicos.

Luego, los hombres armados.

Y finalmente llegaba el momento en que alguien dejaba de llamar al conflicto rebelión y comenzaba a llamarlo revolución.

En 1913, México estaba llegando a ese momento otra vez.

Yo llevaba casi tres años escondido detrás de un nombre que no era mío.

Green-Scorpion.

Había aprendido a vivir con él.

King K. Rool era el nombre que pertenecía a mi infancia, a Tabasco y a aquella época en que Don Porfirio todavía me llamaba muchacho.

Green-Scorpion era el nombre que pertenecía a la guerra.

Y la guerra estaba a punto de encontrarme.


El hombre de Coahuila

La noticia llegó durante una tarde particularmente silenciosa.

Victoriano Huerta había tomado el poder.

Francisco I. Madero estaba muerto.

Y en el norte, un gobernador llamado Venustiano Carranza se negaba a reconocer al nuevo gobierno.

Yo leí el telegrama dos veces.

Después lo dejé sobre la mesa.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó una voz.

No levanté la mirada.

—Todavía no lo sé.

—Eso es nuevo.

Reconocí la voz.

—Kuskofer.

—Me alegra comprobar que sigues siendo capaz de reconocer a un amigo.

Levanté la cabeza.

Ahí estaba.

El mismo sombrero.

La misma libreta.

La misma expresión de alguien que sabía demasiadas cosas y tenía muy poco interés en explicarlas.

—Pensé que habías desaparecido.

—Desaparecer es mi profesión.

—Creí que era la mía.

Kuskofer sonrió.

—Yo te enseñé.

Se acercó a la mesa y tomó el telegrama.

—Carranza está reuniendo hombres.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Me miró directamente.

—Está reuniendo un ejército.

Aquello cambió el tono de la conversación.

Yo conocía la diferencia.

Una cosa era oponerse a un gobierno.

Otra muy distinta era prepararse para derribarlo.


El 26 de marzo de 1913, en la Hacienda de Guadalupe, Carranza proclamó el documento que daría nombre a la nueva fuerza: el Plan de Guadalupe. El plan desconocía a Victoriano Huerta como presidente y designaba a Carranza como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista.

Cuando conseguí una copia, la leí en silencio.

Kuskofer esperaba mi reacción.

—¿Y bien?

Doblé el documento.

—Carranza no está pidiendo que Huerta renuncie.

—No.

—Está diciendo que Huerta no debería estar ahí.

—Exactamente.

Volví a mirar el papel.

—Entonces esto no es una protesta.

Kuskofer negó con la cabeza.

—Es una guerra con membrete.

No pude evitar sonreír.

—Me agrada Carranza.

—No lo conoces.

—Precisamente por eso.


Un viejo consejo

Aquella noche recordé a Don Porfirio.

No su uniforme.

No sus discursos.

Ni siquiera su rostro.

Recordé una conversación de muchos años atrás.

Yo todavía era joven. Habíamos estado frente a un mapa de México y yo le había preguntado por qué había tantos hombres dispuestos a luchar por el poder.

Don Porfirio había señalado el mapa.

—Porque todos creen que saben cómo arreglar México.

—¿Y alguno sabe?

Se había quedado pensando.

—Tal vez.

—¿Quién?

Había sonreído.

—El que todavía no ha tenido el poder.

Nunca olvidé aquello.

Ahora comprendía por qué.


Salsita

Kuskofer regresó unos días después.

Esta vez no venía solo.

—Te presento a Salsita.

El hombre que estaba detrás de él llevaba una chaqueta gastada, botas de campaña y una mirada que no correspondía con alguien que se ganaba la vida como mercenario.

—¿Salsita? —pregunté.

—Así me llaman.

—¿Ese es tu nombre?

—No.

—¿Y cuál es?

Salsita sonrió.

—Ese tampoco te lo voy a decir.

Kuskofer intervino.

—Es un mercenario.

—Eso ya lo había supuesto.

—De élite.

Salsita inclinó ligeramente la cabeza.

—Intento mantener cierto estándar.

Lo observé unos segundos.

—¿Y por qué estás aquí?

La sonrisa desapareció.

—Porque estoy cansado de vender mis servicios al mejor postor.

Miró la bandera mexicana que colgaba detrás de nosotros.

—Quiero trabajar por algo que no pueda comprarse.

No supe qué responder.

Kuskofer sí.

—Está enamorado de México.

Salsita lo miró con molestia.

—No digas eso como si fuera una enfermedad.

—No dije que lo fuera.

—Lo dijiste con ese tono.

—Tengo un solo tono.

—Ese es el problema.

Los dos se quedaron mirándose.

Yo comprendí inmediatamente que eran amigos.

De esa clase de amigos que podían discutir durante una hora y después entrar juntos a un tiroteo sin pensarlo dos veces.


Salsita resultó ser exactamente lo que Kuskofer había prometido.

Rápido.

Disciplinado.

Imprudente.

Y, por alguna razón que todavía no comprendo, absolutamente incapaz de abandonar una misión.

Durante una operación contra las fuerzas huertistas desapareció durante casi toda una tarde.

Kuskofer estaba empezando a preocuparse.

—¿Dónde está?

—No lo sé —respondí.

—Eso no me tranquiliza.

Entonces escuchamos pasos.

Salsita apareció entre el humo.

Tenía la ropa cubierta de polvo.

—¿Qué pasó? —preguntó Kuskofer.

—Terminé el trabajo.

—¿Cuántos eran?

Salsita se encogió de hombros.

—No los conté.

—¿No los contaste?

—Estaba ocupado.

Kuskofer cerró los ojos.

—¿Cuánto?

Salsita lo pensó.

—Un tercio.

—¿Un tercio de qué?

—De los huertistas que estaban allí.

Lo miré.

—¿Tú solo?

Salsita se acomodó el sombrero.

—Bueno...

Hizo una pausa.

—No quería molestarlos pidiendo ayuda.

Kuskofer soltó una carcajada.

Yo también.

Fue entonces cuando comprendí que aquel hombre iba a ser importante para nuestra historia.


Zacatecas

Para 1914, el mapa de México había vuelto a cambiar.

Carranza dirigía el constitucionalismo.

Y en el norte había surgido una fuerza que ya no podía ignorarse.

La División del Norte.

Su comandante era Francisco Villa.

Pancho Villa no necesitaba presentación.

Su nombre viajaba más rápido que los trenes.

Había ganado batallas, tomado ciudades y convertido a la División del Norte en una de las fuerzas revolucionarias más poderosas del país.

Kuskofer tenía una opinión sencilla sobre él.

—Villa es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque sabe ganar.

—Eso no parece un defecto.

—No lo es.

Me miró.

—Hasta que tienes que decirle que no.

Yo entendí el problema cuando Carranza y Villa comenzaron a enfrentarse por Zacatecas.

Carranza quería que Villa enviara una fuerza limitada para apoyar a Pánfilo Natera.

Villa quería marchar con la División del Norte completa.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

La tensión llegó al punto de que Villa presentó su renuncia al mando, pero sus propios generales se negaron a aceptarla.

Y mientras los políticos discutían, los soldados seguían avanzando.


23 de junio

Llegamos antes del amanecer.

Zacatecas aparecía frente a nosotros rodeada de cerros.

La Bufa.

El Grillo.

Loreto.

Parecía una fortaleza construida por la propia tierra.

Pancho Villa estaba frente a sus hombres.

A su lado estaba Felipe Ángeles, preparando la artillería.

Yo observaba desde una posición elevada.

Salsita se encontraba junto a mí.

—¿Has visto algo así antes? —preguntó.

—No.

—Yo tampoco.

—Eso es preocupante.

Sonrió.

—Mucho.

A las diez de la mañana comenzó el ataque.

Los cañones abrieron fuego.

La montaña respondió.

Durante horas, Zacatecas desapareció detrás del humo.

La artillería de Ángeles golpeaba las posiciones federales mientras las fuerzas de Villa avanzaban sobre los cerros. La batalla fue intensa y costosa, pero la resistencia federal terminó quebrándose.

Yo nunca había visto tantos hombres correr hacia el peligro voluntariamente.

Ni tantos hombres intentando escapar de él.

En medio del combate encontré a Kuskofer.

—¡Kuskofer!

Se giró.

—¡¿Qué haces aquí?!

—¡Intento no morir!

—¡Pues estás haciendo un trabajo pésimo!

Una explosión sacudió el suelo.

Kuskofer perdió el sombrero.

Lo recogió.

—¡Este sombrero me costó tres pesos!

—¡Estamos en medio de una batalla!

—¡Precisamente por eso quiero conservarlo!

A pesar de todo, seguía sonriendo.

Era su manera de no tener miedo.


Al caer la tarde, la batalla terminó.

La División del Norte había tomado Zacatecas.

Las fuerzas federales estaban derrotadas y en retirada.

La victoria fue decisiva para el constitucionalismo y debilitó de manera crítica al régimen de Huerta.

Pero nadie celebró durante mucho tiempo.

Había demasiados muertos.

Demasiados heridos.

Demasiadas cosas que todavía no estaban resueltas.

Encontré a Salsita sentado sobre una piedra.

Tenía sangre en la manga.

—¿Es tuya?

Miró la herida.

—No.

—¿Entonces?

—No importa.

Me senté a su lado.

Por primera vez desde que lo conocía, no tenía nada que decir.

—¿Sigues enamorado de México? —pregunté.

Miró la ciudad.

—Más que antes.

—Después de esto, no entiendo por qué.

Salsita tardó unos segundos en responder.

—Porque amar un país no significa pensar que todo lo que ocurre en él es hermoso.

Miró las ruinas.

—Significa quedarse cuando deja de serlo.

No respondí.

No hacía falta.


Después de Zacatecas

Esa noche encontré nuevamente a Kuskofer.

Estaba escribiendo.

—¿Qué haces?

—Historia.

—¿Ya?

—Alguien tiene que escribir lo que ocurrió.

Miré la libreta.

—¿Y qué vas a poner?

Kuskofer levantó la vista.

—Que Villa ganó.

—¿Eso es todo?

—No.

Cerró la libreta.

—También voy a escribir que la victoria no resolvió nada.

Tenía razón.

Zacatecas había sido un golpe decisivo contra Huerta, pero también había dejado expuesta la creciente tensión entre Villa y Carranza. La caída de Huerta estaba cada vez más cerca, pero la unidad entre los revolucionarios también comenzaba a romperse.

Miré hacia la ciudad.

Pensé nuevamente en Don Porfirio.

El que todavía no ha tenido el poder.

Quizá esa había sido su verdadera advertencia.

Porque Huerta había perdido.

Pero Carranza quería gobernar.

Villa tenía su propio proyecto.

Y nosotros apenas comenzábamos a descubrir que derrotar a un enemigo común no significa convertirse en amigos.

Kuskofer guardó su libreta.

—¿En qué piensas?

—En que todavía no termina.

—No.

Se puso de pie.

—Ahora empieza lo difícil.

Salsita apareció detrás de nosotros.

—¿Y qué hacemos?

Kuskofer se colocó el sombrero.

—Esperar.

—¿A qué?

Miró hacia el sur.

—A descubrir quién será el próximo enemigo.

Yo observé a los dos hombres.

Después miré la bandera mexicana que ondeaba sobre Zacatecas.

Y comprendí que, por primera vez desde que había adoptado el nombre de Green-Scorpion, ya no estaba intentando simplemente sobrevivir a la historia.

Estaba empezando a formar parte de ella.