Las crónicas de un cocodrilo - Capítulo 4

Green-Scorpion18 de septiembre de 2026entertainment

La primera grieta

México, 1925

Durante los primeros meses de 1925 todavía era posible convencerse de que las cosas no iban tan mal.

México seguía reconstruyéndose. Las heridas de la Revolución no habían desaparecido, pero al menos habían dejado de abrirse todos los días. Los trenes circulaban con mayor regularidad, los mercados volvían a llenarse y las ciudades comenzaban a recuperar ese ruido cotidiano que solamente existe cuando la gente tiene algo que hacer al día siguiente.

Paupau continuaba invirtiendo su fortuna en el país. Donde antes había ruinas aparecían talleres, almacenes, vías y nuevos negocios. Aquello me producía una sensación extraña. Después de tantos años de guerra, resultaba casi sospechoso ver a México prosperar sin que alguien estuviera disparando contra otro.

Pero había algo diferente.

No estaba en las fábricas ni en los ferrocarriles.

Estaba en la gente.

Comencé a notar que algunos hablaban más bajo cuando se referían al gobierno. Otros preferían cambiar de tema cuando alguien mencionaba religión. En las reuniones de mi pequeña iglesia protestante empezaron a faltar rostros conocidos. Al principio pensé que simplemente habían cambiado de congregación o que sus obligaciones les impedían asistir.

Después descubrí que algunos tenían miedo.

Fue durante aquellos días cuando conocí mejor a Cuauhtémoc, aunque casi nadie lo llamaba así. Desde hacía años le decían Témoc, y él parecía preferirlo.

Era un hombre de pocas palabras, de bigote espeso y mirada seria, pero no tenía el carácter hosco que uno podría imaginar al verlo por primera vez. Simplemente había aprendido a observar antes de hablar. Había algo en él que me hacía pensar en alguien que ya había visto demasiadas veces cómo una conversación podía terminar convirtiéndose en un problema.

Y tenía razones para ser así.

Témoc había conocido personalmente a Mavila.

No como uno conoce a un presidente desde la distancia, viendo su rostro en los periódicos o escuchando sus discursos. Lo había visto frente a frente. Había escuchado sus palabras y había conocido las consecuencias de las decisiones de su gobierno mucho antes de que yo empezara a comprender hacia dónde se dirigía México.

Su comunidad había sido una de las primeras en tener problemas con los hombres de Mavila.

Al principio fueron discusiones. Después llegaron las amenazas. Finalmente, las discusiones terminaron en riñas.

En una de ellas, Témoc había recibido una herida que todavía podía distinguirse cuando se remangaba la camisa. No le gustaba hablar demasiado de aquello. Cuando alguna vez le pregunté qué había ocurrido, se limitó a decir:

—Nos dijeron que nuestras costumbres tenían que cambiar.

—¿Y tú qué les dijiste?

Se acomodó el bigote.

—Que podían cambiar las suyas.

Me quedé callado.

—No les gustó mucho la respuesta —añadió.

Era difícil saber cuándo Témoc estaba haciendo una broma y cuándo estaba relatando algo que realmente había ocurrido. Probablemente él tampoco hacía ya demasiada diferencia entre ambas cosas.

Lo cierto era que los hombres de Mavila ya habían entrado en conflicto con su comunidad y que la persecución no era para él una posibilidad futura.

Ya había comenzado.

Licho, en cambio, era otra historia.

Si Témoc había aprendido a contenerse, Licho parecía haber heredado exactamente lo contrario. Tenía sangre guerrera y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo. Vestía con orgullo las prendas tradicionales de su pueblo y llevaba consigo una presencia que contrastaba completamente con la tranquilidad de Témoc. Era más impulsivo, más directo y tenía esa clase de mirada que parecía estar calculando constantemente cuánto tardaría una discusión en convertirse en una pelea.

También hablaba náhuatl.

Los dos lo hablaban entre ellos con naturalidad, especialmente cuando querían conversar sin que los demás entendieran.

La primera vez que los escuché hacerlo, me quedé observándolos durante unos segundos.

Licho se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—Nos estabas viendo.

—Es que no entiendo una palabra.

Licho sonrió.

—Eso es porque no eres de aquí.

Témoc dijo algo en náhuatl.

—¿Qué dijo?

Licho soltó una carcajada.

—Que tienes cara de metiche.

—Eso sí lo entendí.

Témoc sonrió.

Era curioso verlos juntos. Podían discutir durante diez minutos sobre algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder y, cinco minutos después, estar riéndose como si nada hubiera ocurrido.

Pero debajo de aquella camaradería había algo que yo no podía ignorar.

Los dos sabían que el gobierno los estaba observando.

Y los dos sabían que aquello podía empeorar.

Témoc tenía la experiencia para entenderlo.

Licho tenía el temperamento para enfrentarlo.

Yo todavía no sabía cuál de los dos terminaría siendo más difícil de proteger.


El tercer hombre se llamaba Mateo Salgado.

Mateo era ateo.

No lo ocultaba, aunque tampoco hacía de ello una bandera. Nunca lo escuché insultar a Dios ni burlarse de quienes creían. Simplemente decía que no encontraba razones para creer.

—Si Dios existe —me dijo una tarde mientras reparaba una bicicleta—, supongo que no necesita que yo finja creer en Él.

Aquella respuesta me desarmó un poco.

Yo había conocido ateos que discutían sobre religión como si fuera una competencia y creyentes que hablaban como si hubieran recibido personalmente el nombramiento de representantes de Dios en la Tierra. Mateo no parecía interesado en ninguna de las dos cosas.

Era un hombre sencillo, de manos ásperas y ropa siempre manchada de grasa. Tenía una inteligencia práctica que rara vez mostraba porque prefería hacer bromas antes que presumirla. Le gustaba arreglar cualquier cosa que tuviera ruedas y poseía la extraña habilidad de encontrarle un defecto a cualquier máquina.

También tenía una costumbre que terminé apreciando: siempre llevaba algo de comida para compartir.

No importaba si tenía poco.

Si había cuatro personas y tres panes, Mateo partía los panes en cuatro.

—¿Y tú qué vas a comer? —le pregunté una vez.

—Yo ya comí.

—Mentiroso.

—Bueno, entonces ya estaba acostumbrado a pasar hambre.

Lo dijo sonriendo.

Pero no era completamente una broma.

Mateo había perdido su empleo meses atrás después de que alguien descubriera que no creía en Dios. No había cometido ningún delito ni había faltado al respeto a nadie. Simplemente había respondido honestamente cuando le preguntaron.

Desde entonces había vivido de pequeños trabajos.

Nunca pidió limosna.

Nunca pidió favores.

Y nunca dejó de ayudar a otros.

Eso fue precisamente lo que comenzó a incomodarme.

Porque yo podía entender que alguien rechazara mis creencias. Lo que no podía entender era que un hombre que vivía de acuerdo con valores que yo consideraba profundamente cristianos no pudiera encontrar ningún valor en Cristo.

Una tarde, mientras Témoc y Licho descargaban unas cajas, Mateo se acercó a nosotros.

—¿Ustedes dos siempre hablan náhuatl cuando no quieren que los demás entiendan?

Licho lo miró con una sonrisa.

—A veces.

—Qué conveniente.

Témoc respondió algo en náhuatl.

Mateo levantó las manos.

—Eso sí no lo voy a discutir.

—¿Qué dijo? —pregunté.

Licho me miró.

—Que hablas demasiado.

—Eso sí lo sabía.

Mateo soltó una carcajada.

—Tú eres el peor de los tres.

—¿Por qué?

—Porque tú sí entiendes lo que digo y aun así sigues hablando conmigo.

—Eso es porque tengo paciencia.

—Entonces definitivamente eres protestante.

Nos reímos.

Aquella clase de momentos me hacía olvidar por unos minutos lo que estaba ocurriendo afuera. Éramos cuatro hombres distintos, hablando de cosas distintas y viniendo de lugares distintos. Témoc y Licho tenían su comunidad y su lengua; Mateo tenía sus dudas y yo tenía mi fe.

Ninguno necesitaba convertirse en el otro para sentarse a la misma mesa.

Y quizá eso era precisamente lo que empezaba a resultar incómodo para el México de Mavila.


Con el paso de las semanas comenzamos a reunirnos con mayor frecuencia.

No éramos una organización política. Tampoco un grupo religioso formal. Éramos simplemente cuatro hombres que habían terminado encontrándose en el mismo lugar y que tenían demasiadas cosas que discutir.

Témoc y Licho hablaban sobre sus comunidades y sobre las dificultades que comenzaban a aparecer con las nuevas disposiciones del gobierno. Mateo hablaba de trabajo. Yo hablaba de religión cuando ellos me preguntaban.

Y algunas veces discutíamos.

Mateo era especialmente insistente.

—Si Dios es bueno —me dijo una noche—, ¿por qué necesita que los hombres se peleen por Él?

—No necesita que nos peleemos por Él.

—Entonces, ¿por qué lo hacen?

—Porque los hombres son capaces de convertir cualquier cosa en una excusa para pelear.

Mateo guardó silencio.

—Eso sí te lo compro.

No intenté convencerlo aquella noche.

Tampoco lo hice las siguientes.

Para mí, Cristo no era un argumento que necesitara ganar. Era alguien a quien había conocido a través de lo que creía y de cómo intentaba vivir. Si Mateo alguna vez quería conocerlo, tendría que ser por voluntad propia.

Quizá esa fue la primera cosa que realmente le llamó la atención.

Mientras tanto, Témoc y Licho comenzaron a contarme con mayor detalle lo que estaba ocurriendo con su comunidad.

A Témoc ya lo habían interrogado.

A Licho lo habían detenido brevemente después de una discusión con unos hombres enviados por el gobierno. No había pasado suficiente tiempo encerrado como para que aquello apareciera en ningún periódico, pero sí el necesario para dejarle claro que podían volver a hacerlo.

—No les tengo miedo —dijo Licho.

Témoc lo miró.

—Deberías.

—¿Tú les tienes miedo?

—No.

—Entonces.

—Yo dije que deberías tenerles miedo. No que debieras obedecerles.

Licho se quedó pensando.

Yo no pude evitar sonreír.

Aquella era probablemente la manera más cercana que tenía Témoc de decirle a su hermano que no quería verlo muerto.


El problema fue que México no estaba dispuesto a esperar.

Las pequeñas grietas comenzaron a ensancharse.

A Témoc le hicieron nuevas preguntas sobre sus tradiciones.

A Licho le advirtieron que ciertas prácticas de su comunidad podían ser consideradas contrarias a la nueva identidad nacional.

Mateo recibió otra negativa cuando intentó conseguir trabajo.

Esta vez ni siquiera le preguntaron por sus habilidades.

Le preguntaron si creía en Dios.

Cuando respondió que no, la conversación terminó.

—¿Y qué vas a hacer? —le pregunté.

Mateo se encogió de hombros.

—Mañana buscaré otra cosa.

—¿No estás enojado?

—Claro que estoy enojado.

Lo dijo con una sonrisa cansada.

—Pero enojarme no me va a conseguir trabajo.

Aquella respuesta me hizo pensar en algo que había aprendido durante la Revolución.

La injusticia no siempre llega acompañada de soldados.

A veces lleva traje.

A veces firma documentos.

A veces sonríe mientras te explica que solamente está cumpliendo órdenes.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Mateo empezó a hacer preguntas sobre Cristo.

No muchas.

No profundas.

Preguntas pequeñas.

¿Por qué rezaba?

¿Por qué había decidido ser protestante?

¿Qué significaba realmente para mí decir que Cristo era mi Señor?

Una tarde me preguntó:

—¿Tú crees que Dios me aceptaría?

No respondí inmediatamente.

—Sí.

—¿Aunque no crea?

—Sí.

—Entonces, ¿qué tendría que hacer?

Lo miré.

—Ser sincero.

Mateo frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No. Pero es un comienzo.

Se quedó mirando el suelo durante unos segundos.

—¿Y si nunca llego a creer?

—Entonces seguiré siendo tu amigo.

Mateo levantó la mirada.

No respondió.

Pero sonrió.


Fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.

Una tarde estábamos sentados afuera del taller de Mateo cuando escuché una voz detrás de mí.

—Sigues metiéndote en problemas.

Me quedé inmóvil.

No necesité voltear para reconocerla.

—Y tú sigues apareciendo cuando menos te necesitan.

Kuskofer había regresado.

Lo miré durante unos segundos.

Habían pasado años.

Demasiados.

No hubo grandes abrazos ni discursos preparados. Simplemente nos quedamos frente a frente, como dos hombres que habían dejado una conversación inconclusa y finalmente encontraban el momento para continuarla.

—Pensé que estabas muerto —le dije.

—Eso dicen de mí con demasiada frecuencia.

—¿Y qué haces aquí?

Kuskofer miró hacia Mateo, Témoc y Licho.

Después volvió a mirarme.

—Parece que ya encontraste nuevos problemas.

Sonreí.

—No exactamente.

—Entonces cuéntame.

Mateo nos observaba con curiosidad.

—¿Él también es protestante?

—No —respondí.

Kuskofer sonrió.

—Católico.

Mateo levantó una ceja.

—¿Y ustedes se llevan bien?

Kuskofer me miró.

Yo lo miré a él.

—Más o menos.

—Mentiroso —dijo Kuskofer.

Nos reímos.

Témoc permaneció en silencio, observándolo con atención. Licho, en cambio, no disimuló su curiosidad.

—¿Y tú dónde estabas todo este tiempo? —preguntó.

Kuskofer lo estudió unos segundos antes de responder.

—En suficientes lugares como para saber que México nunca se queda quieto.

—Eso no responde nada.

—Entonces ya tienes algo en común conmigo.

Licho sonrió.

Témoc soltó una pequeña risa.

Y por primera vez en muchos años, volvimos a estar juntos alrededor de una misma mesa.

No éramos los mismos que antes.

México tampoco.

Pero durante unas horas pudimos fingir que el tiempo no había pasado.


Aquella noche hablamos durante horas.

No de política.

No de Mavila.

No de México Católico.

Hablamos de Dios.

Mateo escuchaba mientras yo hablaba de Cristo. Después hacía preguntas. Algunas eran difíciles. Otras eran incluso incómodas.

Kuskofer intervenía de vez en cuando desde su propia tradición católica.

No siempre estábamos de acuerdo en todo, pero aquello no parecía importarle a Mateo.

Creo que precisamente esa diferencia fue lo que más llamó su atención.

—Entonces ustedes creen en el mismo Cristo —dijo finalmente—, pero no están de acuerdo en todo.

—Así es —respondió Kuskofer.

—¿Y no se odian?

Lo miré.

—No.

Kuskofer negó con la cabeza.

—No hace falta.

Mateo se quedó pensativo.

Después miró a Témoc y a Licho.

—Y ustedes tampoco quieren que todos crean lo mismo.

Témoc negó con la cabeza.

—Solo queremos que nos dejen vivir como hemos vivido siempre.

Licho añadió:

—Y que no vuelvan a golpearnos.

Mateo soltó una pequeña risa.

—Sí. Eso también parece razonable.

Por un momento nadie dijo nada.

Entonces Mateo miró hacia mí.

—Creo que empiezo a entender qué es lo que te gusta tanto de Cristo.

—¿Qué?

—Que no estás intentando obligarme.

No supe qué responder.

Kuskofer tampoco.

Mateo sonrió.

—Eso me da curiosidad.

Y en ese momento comprendí que algo había cambiado.

Mateo no se había convertido.

Todavía no.

Pero por primera vez dejó de hablar de Cristo como una idea ajena.

Comenzó a hablar de Él como alguien a quien quería conocer.

Y mientras regresábamos a casa, comprendí que aquella amistad acababa de convertirse en algo mucho más importante.

No sabíamos todavía que el tiempo que nos quedaba juntos era mucho más corto de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.

-- Última fotografía tomada por King K. Rool antes de Mavilato Doomsday, se puede apreciar al grupo de amigos bebiendo un rico café con pan bajo la luz de la luna. A la izquierda tenemos a Mateo Salgado, después a Cuauhtémoc a lado de su hermano Licho y al extremo derecho identificamos a nuestro estimadísimo Kuskofer. --

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