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La presencia de las Vesta estaba tejida, día tras día, en el telar de nuestras vidas. Resulta inaudito, si la mente se detiene a considerarlo, cómo aquellas tres criaturas arcana lograban atender tan vasta multitud de quehaceres. No buscaban el lomo de corceles ni la grupa de robustos ponis; antes bien, hollaban la tierra con pies prestos, mas a los ojos del observador paciente, semejaban deslizarse con la ligereza del viento del estío. Vestían túnicas de lino finísimo, ora cándidas como la nieve, ora oscuras como el ébano según la solemnidad de la ocasión, y adornadas siempre con gemas que custodiaban la luz en su interior. Sus atuendos obedecían a la naturaleza del rito: para el alumbramiento de nuevas almas o las celebraciones de júbilo, se cubrían de blanco purísimo; empero, en las reuniones del concilio de los sabios o en los fúnebres actos de despedida, el negro era su color.
Y si su influjo era capital en el devenir de la vida, no poseía menos peso en el postrer tránsito de la muerte. Cuentan los anales, en susurros temerosos, que ellas mismas conducían las ánimas hacia la otra orilla, y que vertían bálsamo de consuelo sobre los afligidos corazones de los deudos. No eran dadas a la vana cháchara; en verdad, jamás, o casi jamás, dirigían la palabra a las gentes comunes. Solo empleaban el verbo en su justa y medida proporción, y únicamente cuando era menester para transmitir órdenes ineludibles o instrucciones precisas. Y si su mirada, como ya relaté, era un torbellino de emociones, su voz no carecía de potencia celestial o abismal. Podían hablarte con sílabas melosas, como un susurro arrullador, y sentías entonces cómo tu ser era sumido en un sueño profundo, placentero y feliz; o bien, podían dar rienda suelta a su voz de ira, y es en esos aciagos instantes cuando sus palabras te atravesaban cual hoja forjada con el mejor acero de Argus. Y podías sentirlas hundiéndose bajo tu piel, traspasando tus órganos vitales, mientras permanecías inmovilizado y aturdido, despojado de toda defensa, aterrorizado por un dolor que no halla descripción en ninguna lengua humana.
Mas, por encima de todo tormento conocido, se temía su clamor. Pocos entre los vivos guardamos memoria del grito de las Vesta. Solo lo desataban en casos de extrema necesidad, cuando un peligro inminente cernía su sombra sobre la comunidad; era un grito de guerra ensordecedor, capaz de encoger los corazones y el alma misma del enemigo, resquebrajando su voluntad como el acero corta la carne tierna. Podía escucharse a muchas millas de distancia, y no había criatura en su radio de acción, ya fuera hombre o bestia, que no sintiera el aullido estremecedor de las Vesta en sus entrañas. Sin embargo, a pesar de resonar como una nota disonante y terrible al oído, el corazón de los guerreros aliados se nutría con una fuerza y una determinación inigualables. Un soldado alentado por el aullido de Vesta no desfallecía en el fragor de la refriega hasta que la vida le era arrebatada por completo. Su vigor y su voluntad no podían quebrarse jamás, ni por el hierro ni por el número.
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Quizás el lector de estas crónicas pueda imaginar que elevábamos templos a las Vesta. Nada más lejos de la realidad. Las Vesta no recibían adoración ni culto de índole alguna; no se les hacían regalos ni se les depositaban ofrendas. Ni siquiera estaba en la naturaleza de nuestro pueblo concebir tal pensamiento. Solo nosotros, los Relatores del Tiempo, y los doctos astrólogos en nuestros concilios, hemos debatido en contadas ocasiones sobre estos hechos, sin llegar nunca a un acuerdo, por cierto. No sabemos si eran mortales sujetas al tiempo, deidades caídas o intermediarias de los Dioses. Hay alguien que podría custodiar las respuestas a estas y otras muchas preguntas sobre Vesta, mas, ¿quién osaría preguntarle más, cuando Él nunca habló a su pueblo de ellas de forma abierta?
Incluso tras su postrer partida, nos seguimos interrogando sobre su mortalidad. ¿Fueron realmente asesinadas? ¿Murieron de verdad? Celebramos un funeral digno de los más grandes reyes de antaño; empero, no poseíamos cuerpos que embalsamar, quemar sobre una pira o reposar en un túmulo, ni habitaban en criptas de mármol. No fuimos testigos directos de su final y, sin embargo, poseemos la certeza absoluta de que ocurrió, o de que, simplemente, desaparecieron y nos abandonaron. Porque sentimos el vacío, una oquedad inmensa en nuestras almas y en nuestros corazones. Nuestras vidas menguaron; la felicidad no era completa, como tampoco lo era la alegría; en verdad, ya no existía la felicidad ni la alegría como estados perennes, sino más bien como meros instantes fugaces que duran, si acaso, un parpadeo. En su presencia, podías sentir la felicidad o la alegría en lo más profundo de tu ser, tenías esa consciencia arraigada; y lo mismo sucedía en la pena, el dolor o la tristeza: podías sentirlas profundamente, y, sin embargo, te sentías reconfortado por su mera existencia. Conocimos el verdadero significado de la pena y el dolor en la muerte, en su funeral; nuestros corazones y nuestra alma no hallaban consuelo, era como perder la esperanza para siempre.
Y no creo, en mi fuero interno, que estuvieran destinadas a desaparecer en la nada; no lo creo por algunas conversaciones entrecortadas con Él, y he sacado mis propias conclusiones de sus relatos fragmentarios. Todo me induce a pensar que estuvo íntimamente relacionado con la llegada de esa Nueva Raza de seres a este mundo, con esas fortalezas inexpugnables que llamaron las Maravillas del Mundo, con esas reliquias malditas que perturbaron el alma y la fe de todos los hombres de la tierra. Porque guerras, siempre hubo guerras; pueblos enfrentados de distintas estirpes, creencias políticas y fe. Enfrentados por ideales o valores, en luchas honorables y con un propósito, si es que puede hallarse propósito alguno en la batalla entre hombres. Pero aquello, aquel aciago momento, fue diferente: el hombre perdió su humanidad. Solo unos pocos reinos y pueblos conservaron su esencia, sus principios y sus valores; creo firmemente que fue gracias a la influencia de Vesta y por Él, obvio; era el hombre que mejor las conocía, el mortal que más tiempo había permanecido a su lado, el único que mantenía eternos concilios con ellas en la penumbra.
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No fue tampoco fruto del azar la unión de esos reinos ante la acuciante necesidad. Esos reinos habían sido erigidos, piedra sobre piedra, por hijos del Valle de Argus. Argus nunca fue una prisión; si bien Vesta ordenaba tu propósito con mano firme, los nacidos en Argus siempre poseyeron la facultad de abandonar el reino y explorar los confines del mundo. Y, a menudo, había niños y niñas que se resistían a cumplir su propósito predeterminado; eran Los Elegidos, se les llamaba así porque habían sido designados para una tarea que se negaban a cumplir. Mas las Vesta los comprendían; entendían el fuego sagrado y rebelde que ardía en sus interiores, y a menudo, pasaban más tiempo con ellos que con otros ciudadanos más dóciles. Más tarde o más temprano, aquellos Elegidos abandonaron Argus, recorrieron senderos inexplorados y fundaron nuevos reinos. Por eso no fue casualidad la alianza: en el fondo de sus corazones, todavía ardía, inextinguible, la llama de Vesta.
Esta alianza y unión de reinos fue conocida por las edades como los Protectores del Reino.
Continuará..........
Este relato pertenece a un grupo de Cuentos Inconclusos que decidí llamar "La Taberna del Abuelo", en recuerdo y memoria de "Abuelos - 1º S1 Travian NET - 2005"
Ganador del primer premio de un concurso de relatos cortos de una asociación cultural que ya no existe, de los primeros concursos de relatos del internet primitivo. El Ocaso de las Vesta fue un manuscrito que sirvió para crear una comunidad, un roleo, un estilo de juego y la identidad de un grupo de muchachos que se encontraron en un primitivo y adictivo juego, de los primeros masivos multijugador.
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