LTdA - Crónicas de la Primera Edad: El Ocaso de Vesta - PARTE I

JBauer25 de marzo de 2026entertainment

Se aproximaba el fin del estío. Mas en aquel mundo, en aquel rincón del destino, los días no menguaban; la luz y la sombra se repartían el tiempo en partes iguales, como en una balanza eterna. El aire se sentía grávido y pesado aquella tarde. El sol hería la piel como las brasas de una hoguera de encina, y el ocaso, perezoso, se demoraba ya más de una hora en su caída. No corría brizna de viento alguna que aliviara el yermo páramo.

Aquel lugar, apenas un ciclo antes, había sido vigoroso y soberbio: un valle de frondosidad inabarcable, de campos fértiles besados por las aguas de un riachuelo que hendía la tierra de norte a sur. Allí moraban gentes de porte imponente y corazón sereno; hombres y mujeres de rostros severos y firmes, imbuidos de una sabiduría que solo el paso de las eras y el estudio de lo arcano pueden otorgar. Sus pieles, curtidas por la caricia constante del sol, coronaban cabellos de un fulgor áureo; mas no era el rubio común de otras estirpes, sino un brillo ardiente, como si custodiaran en sus sienes un fragmento del mismísimo astro rey. Era una luz sanadora que, al ser contemplada, restañaba las heridas del alma.

Aquella sociedad se regía por un orden ancestral. Todo ciudadano nacía bajo un propósito sagrado; nadie carecía de relevancia en el tejido del pueblo. Por ello, las Madres Antiguas, aquellas que asistían los alumbramientos, poseían una autoridad incuestionable. No eran meras parteras; eran seres extraños, ancianas de rostros pálidos y juveniles a un tiempo, como si los años no se atrevieran a marcarlas. Nadie sabía de dónde procedían ni cuándo llegaron a estas tierras. ¿Eran divinidades enviadas por los Dioses o mortales bendecidas por un don terrible? Los anales callaban al respecto. Solo persistían leyendas nacidas al calor de la cerveza en las tabernas o cuentos hilados para acunar niños. Se decía que eran antiguas, más que las piedras del valle; quizás Él conocía sus secretos, pero guardaba silencio.

No caminaban encorvadas ni buscaban el sostén de bastones. Eran sabias y dulces, empero temibles. Poseían una belleza inigualable, mas era una hermosura hipnótica que no despertaba deseo carnal, sino un asombro reverencial. Uno podría contemplarlas durante vidas enteras y, al final, ser incapaz de describir sus rostros con palabras humanas.

Mas, ¡ay del hombre que osara sostenerles la mirada! Sus ojos, de apariencia común, ocultaban abismos. Su mirada podía ser más gélida que los glaciares del septentrión, recorriendo cada rincón del espíritu hasta que el frío calaba en los huesos y los músculos se contraían en un espasmo de agonía. O bien, podía ser una mirada de fuego; y si la escarcha era tormenta, el fuego era la boca misma del Gran Volcán. Sentías la lava calcinando la voluntad, el alma tornándose en un gas espeso y el hedor de la propia carne chamuscada. No necesitabas la muerte para sentir tales tormentos; de hecho, desearías morir si habías provocado su ira. ¿Eran malvadas? Solo Él podría saberlo, pues no había ser más viejo en el reino.

Y, sin embargo, en mi fuero interno creo que no habitaba en ellas la maldad, a pesar de haber sufrido en mi propia carne varios juicios visuales —bien merecidos, me temo—. Por lo general, sus ojos destilaban una ternura maternal; te miraban como solo una madre mira a su prole, y entonces, la vida fluía de nuevo. Las penas se transmutaban en alegrías, la tristeza en aceptación y el fracaso en virtud. Podría agotar los pergaminos de todas las bibliotecas hablando solo de su mirada. ¡Cuán afortunados somos aquellos que fuimos, alguna vez, castigados o premiados por las Madres!

Ellas, a quienes llamábamos las Vesta, eran tres. Gobernaban el nacimiento y designaban el papel de cada alma en la comunidad. Podía ser un valeroso guerrero o una diestra amazona —pues entre nosotros las mujeres manejaban el acero con mayor pericia que muchos hombres—; podía ser un sabio astrólogo, un laborioso artesano o un escriba, como este que os habla, a quienes llaman Relatores del Tiempo. Ellas tejían el destino porque, según se cuenta, las Vesta veían la vida entera de un hombre en el instante mismo de su primer llanto. Es un pensamiento abrumador, y a la vez aterrador, saber que conocían nuestros secretos más íntimos e inconfesables antes de que nosotros mismos supiéramos nuestro nombre.

Continuará..........

Este relato pertenece a un grupo de Cuentos Inconclusos que decidí llamar "La Taberna del Abuelo", en recuerdo y memoria de "Abuelos - 1º S1 Travian NET - 2005"

Ganador del primer premio de un concurso de relatos cortos de una asociación cultural que ya no existe, de los primeros concursos de relatos del internet primitivo. El Ocaso de las Vesta fue un manuscrito que sirvió para crear una comunidad, un roleo, un estilo de juego y la identidad de un grupo de muchachos que se encontraron en un primitivo y adictivo juego, de los primeros masivos multijugador.

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