Y quien todavía se atreve a pronunciar esa palabra con tono doctoral está cometiendo, consciente o no, una de las mayores estafas intelectuales del oficio.
En la guerra no hay tribuna neutral. No hay palco desde el cual se pueda observar el fuego cruzado con las manos limpias y la conciencia tranquila. La guerra, por su propia naturaleza, es un campo de fuerzas que no tolera el vacío: o estás de un lado o estás del otro. O eres aliado o eres traidor. El punto medio es una ilusión que solo existe en los discursos de quienes nunca han tenido que elegir entre la verdad de su pueblo y el aplauso de la tribuna extranjera.
Algunos se jactan de emitir opiniones “basadas en hechos” mientras su conocimiento del conflicto no pasa de un par de hilos leídos en redes o de los titulares que llegan traducidos de ciudadanos internacionales. Ignoran la historia, ignoran las causas profundas, ignoran el dolor acumulado de meses, y luego, cuando alguien les señala la superficialidad de su juicio, se escudan con la frase mágica: “Yo solo quiero ser neutral”. Es el refugio clásico del cobarde ilustrado: primero opina desde la ignorancia, después se cubre con el manto de la imparcialidad para no quedar desnudo.
Otros, aún más lamentables, se dejan llevar por las voces extranjeras como si fueran evangelio. Sin conocer los actos, sin entender el contexto, sin haber pisado nunca el terreno, repiten como loros el relato que les llega desde Washington, desde Bogotá o desde cualquier capital que hoy marque la moda mediática. Juzgan, condenan y critican con la misma ligereza con la que cambian de canal. Y cuando se les pregunta por qué no ven el otro lado, responden con solemnidad: “Porque yo mantengo la neutralidad”. Mentira. Lo que mantienen es la comodidad de no molestar al que paga o al que aplaude desde afuera.
Porque en el periodismo de guerra no se puede servir a dos amos. O escribes lo que tu pueblo sabe que es verdad o escribes lo que el resto quiere escuchar para seguir escuchando los aplausos. No hay tercera vía. El que intenta caminar por la cuerda floja termina cayendo del lado que más le conviene en cada momento, y eso no es periodismo: es mercadeo de conciencia.
La guerra obliga a elegir. Obliga a decidir qué se nombra y qué se silencia, qué se ilumina y qué se deja en la sombra. Y esa elección siempre revela de qué lado late el corazón del que escribe. Pretender lo contrario no es profesionalismo; es cobardía disfrazada de altura ética.
Por eso la neutralidad en el periodismo bélico no es solo imposible.
Es una mentira que algunos siguen vendiendo porque les resulta demasiado rentable.
Y en tiempos como estos, donde otra vez el pueblo venezolano demuestra que no se entrega, esa mentira huele peor que nunca.