Año 1997 de España; el trigésimo octavo transcurrido desde mi llegada. Una densa niebla envolvía el valle en el rigor de una fría noche invernal. Pasadas las nueve, los sacerdotes habían oficiado ya la última misa de la jornada y se disponían a compartir unas viandas y algunas hogazas de pan antes de retirarse a descansar.
Tras la cena, el Padre Antonio recorrió cada estancia del monasterio comprobando que portones y contraventanas estuviesen bien asegurados, tras lo cual avivó la gran hoguera que presidía la estancia principal. Cuando se encaminaba hacia sus aposentos, un llanto amargo rompió el silencio desde el exterior.
Se apresuró hacia la entrada, abrió el portón de golpe y descubrió un pequeño canasto posado sobre la piedra húmeda del umbral. En su interior, una criatura deforme gemía sin consuelo.
Al escuchar la descripción que el Padre Antonio me hacía del engendro, por poco me atraganto con el hueso de la última aceituna, apurando el trago de una generosa jarra de cerveza Alhambra.

Resulta curioso que en este nuevo mundo exista una ciudad con ese nombre y también una sabrosa elaboración cervecera; supongo que, en los días de la creación de este reino, la materia de AdA tuvo algo que ver. Los españoles no muestran el mismo celo que los míos en el oficio cervecero, pero, aun así, de vez en cuando me decanto por una Alhambra en memoria de mi fiel amigo Palpelo.
Retomando el asunto del extraño ser: se trataba de un niño humano en todo, salvo por la cabeza. O más bien, por la formidable cabeza de jabalí que remataba su cuerpo, con sus colmillos afilados, su hocico porcino, orejas gorrinas y un tupido pelaje de cerdas oscuras.
Sin olvidar la fetidez; el Padre recordaba a la perfección el hedor intolerable que desprendía. Lejos de amedrentarse ante semejante visión, lo acogió con ternura, lo alimentó, lo aseó y lo crió como al hijo que jamás tuvo, bregando día a día contra la reticencia del resto de los frailes.
La fe y la palabra del Altísimo resultaron determinantes para que aquella criatura, a quien bautizaron como Jabato, creciera al amparo de la bondad y la devoción del monasterio. Sobre su procedencia poco o nada se sabía. A lo largo de los años, el Padre Antonio había escudriñado viejos manuscritos, pero las referencias resultaban escasas e inconclusas.
Sus indicios apuntaban a que una antigua secta podría hallarse tras la gestación de aquella abominación. Tuve ocasión de contemplar un par de retratos que Sor Feelcock había trazado de Jabato durante su infancia, bastantes para reconocerlo en cualquier rincón y bajo cualquier circunstancia: resultaba inconfundible.
Tan inconfundible como la firma de Sor Feelcock, quien durante dos décadas me había ocultado la existencia de tal ser. El Padre acudió a mí como en otras ocasiones. Jabato llevaba desvanecido más de dos meses, sus pesquisas habían resultado infructuosas y sospechaba que la sombra de la secta volvía a cernirse sobre él. Precisaba de un grupo de verdaderos profesionales; necesitaba a RanleW. La cacería daba comienzo, pero el Padre lo quería vivo y entero.
