Compatriotas, hermanos...
La historia de España no es solo la crónica de sus gestas, sino también el relato de una trágica y constante lucha contra nosotros mismos.
A lo largo de los siglos, cada ruptura, cada brecha abierta entre hermanos, no ha sido una simple diferencia de opiniones, sino un hachazo directo al corazón de nuestra tierra que siempre ha terminado remando en contra del conjunto de la nación.
Hemos convertido el conflicto cainita en nuestra sombra, y las guerras fratricidas casi en una dolorosa seña de identidad, una marca de fuego grabada en nuestra memoria colectiva. Desde el sangriento barro de las Guerras Carlistas hasta el abismo desgarrador de la Guerra Civil, priorizamos el rugido de las armas y el deseo de aniquilar al rival antes que la grandeza del pacto y la unión.
Cada bando, cegado por la soberbia de creerse el único dueño de la verdadera esencia de España, prefirió reinar sobre las cenizas y levantar murallas de revanchismo en lugar de tender puentes hacia el mañana. Así, con cada fractura, condenamos al país a un eterno empezar de cero, dinamitando los cimientos del progreso común y malgastando una energía sagrada que debió usarse para asombrar al mundo, pero que devoramos combatiéndonos a nosotros mismos.
Es hora de mirar de frente ese espejo herido, de reconocer el inmenso coste de nuestro cainismo histórico, y entender de una vez por todas que España solo es fuerte y eterna cuando camina unida, y que nuestra mayor victoria no será jamás vencer al hermano, sino vencer al destino de seguir destruyéndonos.