Ya lejos de los campos de concentración venezolanos, lejos de los naguara y los mamahuevo, lejos de esas palabras y de sus emisores, puedo darme el tiempo, aunque realmente, el tiempo no es algo que se dé, es algo que se gana.
El tiempo y el sueño son, en ocasiones, muy esquivos. Eso fue lo primero que aprendí en los campos, que para descansar, tenía que trabajar, trabajar y trabajar como decía el ex presidente Uribe. Así que si quería dormir, primero tenía que trabajar. Dos horas de sueño era la paga, la única paga. Tal vez por eso dicen que el tiempo es oro. El punto es que, ellos se encargarian del vestir y el comer. Y el comer era un tema delicado. Pues, una vez dije que la arepa era Colombiana, y mis raíces santandereanas me hicieron ir incluso un poco más lejos, me hicieron decir que la mejor era la de Santander. ¡Ay, que terrible error cometí!
Fue desde ese día que decidieron alimentarme todos los días con arepa. Y para que me quedara claro, después de cada bocado era obligado a decir: "¡Qué rica es la arepa venezolana!".
Esas y muchas otras fueron las torturas a las que fui sometido bajo el régimen de la dictadura venezolana.
¡Qué Dross se apiade de ellos, porque yo no puedo!