Sobre el aplazamiento del proyecto

Hay momentos en los que sacar adelante una buena idea no consiste en insistir hasta el agotamiento, sino en saber cuándo las circunstancias aconsejan esperar. Después de varias semanas trabajando en Ágora Ibérica y de haber planteado para este mes tanto un primer simulacro como su primera sesión formal, he decidido aplazar ambas convocatorias.
No lo hago porque haya dejado de creer en el proyecto. Precisamente al contrario: lo hago porque sigo creyendo que merece la pena y no quiero que su primer paso sea también su primer fracaso.
Ágora Ibérica nació de una constatación bastante sencilla. España no carece de partidos, de candidatos, de personas con ideas ni de jugadores dispuestos a colaborar. Lo que nos ha faltado muchas veces es un procedimiento que permita sentar a esas personas alrededor de una misma mesa antes de que todo se convierta en una negociación de última hora, una sucesión de mensajes privados o una nueva batalla entre bloques.
La propuesta nunca pretendió sustituir al Congreso, al Gobierno ni a las elecciones. Tampoco pretendía decidir quién debía gobernar. Su función siempre fue mucho más modesta: que los distintos partidos e independientes pudieran presentar a sus candidatos, que unas personas imparciales pudieran ordenar y valorar esas candidaturas y que, posteriormente, los participantes pudieran proponer modificaciones hasta intentar alcanzar una composición de Gobierno que todos los que permanecieran en el proceso pudieran considerar de consenso.
Eso es todo. Y precisamente por ser algo tan sencillo, creo que necesita unas condiciones mínimas para funcionar.
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Cuando planteé que el Consejo del Ágora debía estar formado por personas imparciales no lo hice por capricho. Es una condición indispensable. Si una persona participa en el Consejo, tiene que poder valorar a un candidato de Inkietud, de la Orden Carmesí, de Raíz o independiente con el mismo criterio. Tiene que ser posible discutir sus decisiones sin que cada voto sea interpretado inmediatamente como una maniobra partidista.
Y durante estas últimas semanas la situación política ha evolucionado en la dirección contraria. Las diferencias entre los distintos sectores se han ido convirtiendo progresivamente en desconfianza personal. Cada declaración se interpreta desde la trinchera correspondiente, cada crítica encuentra una réplica y cada movimiento parece tener detrás una lectura partidista.
No estoy diciendo que esto sea culpa de un partido concreto. Precisamente uno de los motivos por los que Ágora existe es porque no creo que el problema sea una persona o unas siglas. El problema es que, en un ambiente así, resulta muy difícil construir de la noche a la mañana un órgano que tenga que empezar precisamente por ser percibido como neutral.
Podíamos haberlo intentado de todos modos. Pero me pregunto qué habría ocurrido si la primera decisión del Consejo hubiese favorecido a un candidato determinado y, al minuto siguiente, media comunidad hubiese empezado a discutir la afiliación política de quienes habían participado en aquella valoración. Habríamos reproducido dentro del Ágora el mismo problema que pretendíamos solucionar fuera de él. Y no pienso arriesgar el proyecto de esa manera.
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He recibido respuestas muy positivas. La Órden Carmesí mostró predisposición. Inkietud también. Desde la Guardia Civil encontré igualmente voluntad de colaborar, y algunos de sus integrantes estaban dispuestos a echar una mano en la moderación y organización. La presidenta del Gobierno recibió la propuesta favorablemente y entendió que, precisamente en un momento de conflicto, podía servir como espacio de diálogo.
Agradezco sinceramente todas esas muestras de apoyo. Pero una cosa es considerar buena una iniciativa y otra distinta estar dispuesto a poner la maquinaria institucional necesaria para que funcione. El Ágora necesita al menos una participación mínima de las fuerzas políticas relevantes y una disposición clara por parte del Ejecutivo a permitir que el experimento se desarrolle. A estas alturas, esa combinación no se ha producido.
Uno de los tres grandes partidos ni siquiera ha dado respuesta a la propuesta. Y aunque pueda parecer un detalle menor, no lo es. Si estamos hablando de construir una candidatura de consenso para el Gobierno del mes siguiente, difícilmente podemos hablar de consenso cuando una de las principales fuerzas políticas decide no participar en el proceso. No tendría sentido fingir que sí.
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Ágora no pretende someter al Ejecutivo ni competir con él. Por eso considero importante que el Gobierno que esté en funciones tenga una disposición clara a colaborar con el procedimiento. No necesito que la Presidencia comparta cada una de mis ideas ni que convierta Ágora en una prioridad gubernamental. Necesito algo mucho más sencillo: que exista confianza suficiente para que un experimento de este tipo pueda desarrollarse con normalidad.
Prefiero intentarlo el mes próximo con un nuevo Gobierno que conozca la propuesta desde el principio y esté dispuesto a trabajar con ella, antes que forzar su estreno ahora y convertirlo en una iniciativa que nace sin respaldo institucional. No tendría demasiado sentido que una herramienta diseñada para favorecer la cooperación política comenzase precisamente enfrentándose a la estructura política que pretende complementar.
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A todo lo anterior se ha añadido algo que nadie podía ignorar. España vuelve a encontrarse en una situación bélica especialmente delicada. Andorra es una amenaza en el norte y los mahometanos magrebíes han atacado desde el sur. Todo ello ocurre después de semanas en las que nuestra posición internacional ya había sufrido cambios importantes, y después de la decisión alemana de replegarse militarmente para concentrarse en su reconstrucción económica.
No es el contexto ideal para estrenar una institución cuya principal finalidad es dedicar varios días a negociar con calma cómo debería configurarse el Gobierno del mes siguiente. Naturalmente, el país no deja de funcionar porque haya una guerra. Pero sí cambia nuestras prioridades. Y, sobre todo, cambia el clima en el que tendría lugar la negociación.
Cuando una comunidad se encuentra sometida simultáneamente a presión interna y externa, las posibilidades de que cualquier desacuerdo termine amplificándose aumentan considerablemente. No creo que sea razonable ignorar esa realidad.
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Esta es probablemente la razón más importante de todas. Podría intentar celebrarlo este mes. Podríamos abrir el canal. Podríamos convocar al Consejo. Podríamos hacer que cada partido presentase sus candidatos. Podríamos seguir todos los turnos. Y quizá incluso saldría bien.
Pero también existe la posibilidad de que el clima actual provoque exactamente lo contrario: que el Consejo sea cuestionado, que una decisión sea interpretada como parcial, que un partido abandone a mitad del proceso, que otro decida no participar o que la situación externa termine haciendo imposible mantener la serenidad necesaria.
Y entonces alguien podría decir:
«El Ágora no funciona.»
No. Lo que habría ocurrido es que lo habríamos estrenado en el peor momento posible. No quiero confundir una mala coyuntura con un mal sistema.
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Aplazar Ágora Ibérica no significa abandonarla. Tampoco significa volver a empezar desde cero. La propuesta está escrita. El procedimiento está definido. El funcionamiento del Consejo está estudiado. El sistema de turnos está pensado. Las candidaturas y su valoración tienen un mecanismo previsto.
La experiencia de estas últimas semanas, además, nos ha permitido detectar un problema que no aparecía sobre el papel: no basta con diseñar un procedimiento correcto. También hay que garantizar que las personas que lo aplican puedan hacerlo en un contexto donde exista un mínimo de confianza mutua.
Ese aprendizaje ya forma parte del proyecto. Y quizá sea, precisamente, el aprendizaje más importante que podía obtener antes de estrenarlo.
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Si las circunstancias mejoran, volveré a plantearlo. Mi intención seguirá siendo la misma: que antes de unas elecciones exista un procedimiento mediante el cual partidos políticos y candidatos independientes puedan presentar sus mejores bazas, valorar sus capacidades y negociar una composición de Gobierno sin que todo dependa de quién tenga más tiempo libre el último día, de qué conversación privada se produzca esa tarde o de qué bloque político consiga cerrar antes sus acuerdos.
No busco unanimidad. No busco acabar con la oposición. No busco que todos piensen igual. Busco algo mucho más razonable: que sepamos trabajar juntos cuando existe un interés común y que, cuando no sea posible llegar a un acuerdo, tengamos al menos un procedimiento claro para constatarlo sin destruirnos por el camino.
España ya tiene partidos suficientes. Ya tiene candidatos suficientes. Ya tiene personas con ideas suficientes. Lo que seguimos necesitando es una forma mejor de poner todo eso al servicio del país. Ágora Ibérica tendrá que esperar un mes más. Y creo sinceramente que es preferible esperar ahora que lamentarlo después.

Al mal tiempo, buena democracia.